Por: Luis Alberto de Mingo

Son las nueve menos cuarto de la tarde-noche, hay gente por la calle, chicos jóvenes y personas metidas en edad, caminan hacia la Catedral. Todos desaparecen, la calle se queda solitaria y empieza a oírse una melodía cuya letra comienza “En la bonita ciudad de Sigüenza, famosa por su Doncel, cantan los niños…”.

Eran los años sesenta, y en aquellas noches frías del invierno seguntino, en un rincón junto a la catedral resonaban las notas de temas corales de un nutrido grupo de personas de todas las edades, bajo la diestra dirección de un sacerdote entusiasta que se había propuesto aunar voces tan dispares.

Casi doscientas gargantas unidas en un objetivo común.

Era el Orfeón Donceli, una agrupación coral, que configuraba un proyecto ambicioso, ilusionante y entrañable. Proyecto que cumplía funciones, a mi juicio, cuanto menos, interesantes y, a la postre, estoy seguro que importantes para la sociedad seguntina, que estaba representada en este orfeón:

Una función formativa de la cultura musical, de la formación estética y el gusto por la belleza de los sonidos armónicos.

Otra instructiva, pues además, por el propio director se daban clases de iniciación al idioma inglés, de solfeo e incluso de aprendizaje en el uso de algún instrumento musical.

Y una todavía mas transcendente, una función social. Personas de todas las edades, de diferentes profesiones (estudiantes, panaderos, empleados de banca, amas de casa, zapateros, etc.), constituían una especie de gran familia en la que las relaciones humanas se enriquecían día a día. Personas con una formación musical nula o casi nula, fueron capaces de hacer vibrar los más selectos auditorios.

Esta era la composición humana de aquel grupo que en muchas ocasiones llevó el nombre de Sigüenza más allá de los límites de la comarca y mas allá de nuestras fronteras, porque las notas de temas de autores importantes como “Ave María”, “Aleluya”, “España Cañí”, “La Nuit” etc., sonaban con fuerza en las fiestas Mayores de muchos pueblos grandes y pequeños y de, no menos, ciudades más importantes.

No podemos olvidar también que Sigüenza vibraba con su orfeón cuando se cantaba en las misas en el marco incomparable de la catedral, o adornaba la majestuosidad de la procesión del Corpus, o simplemente regalaba a sus paisanos algún concierto el Cine Capitol o en el Salón de Actos del Seminario.

Impresionante la apertura de horizontes que, en aquellos años, para muchos de nosotros supuso la participación en los viajes de nuestro Orfeón por Europa. Vivencias intensísimas, como la de la actuación en Roma junto a otras muchas corales de diferentes países, en el indescriptible marco la Plaza de San Pedro. Recuerdos imborrables como la actuación improvisada en la misma plaza ante miles de personas vitoreando los sones del aquel“ España Cañí” y de la “Jota aragonesa”.

Es indescriptible definir estas sensaciones, por eso recojo un soneto de una persona muy cercana y querida por mí, que trató de plasmarlo en forma de poesía:

Loa al Orfeón Donceli
Del Doncel recogiste sin
jactancia
Su nombre, y pusiste melodía
Y tus cantos, tan bellos de armonía,
Tornaron en ecos de alabanza.
Por senderos que ya son añoranza
De tu pueblo prodigaste simpatía
Y llevaste con valiente hidalguía
Su ilustre blasón, en lontananza.
Con emoción sublime yo te canto,
Mi alma de gozo se embelesa,
Cautiva de tu arte, que tal brilla.
Meter en un soneto tu encanto
Para mí, es imposible empresa,
Porque no cabe tanta maravilla.
Felipe de Mingo

Pero todo esto tiene un nombre propio, una ilusión interminable, un tesón enorme, un amor a Sigüenza y a los seguntinos inconmensurable y una humanidad envidiable. Ese nombre y ese hombre es D. Juan Antonio Sánchez. No voy a extenderme más porque está todo dicho sobre él, aunque creo que no se le ha reconocido lo suficiente. Por todo ello me atrevo a sugerir que podría ser destacado como hijo predilecto de Sigüenza.