Ricardo Checa recuerda que la Escolanía del Colegio de la Sagrada Familia tenía las tres cuerdas completas que garantizaban la interpretación de piezas musicales de gran altura en 1956. La empresa no fue nada fácil hasta llegar a este momento. Don Juan Antonio Sánchez Domínguez recorrió kilómetros y kilómetros a lo largo y ancho de la provincia y zonas limítrofes para probar las voces, convencer a las familias y conseguir que los niños ingresaran en el Colegio.
El paso del tiempo fue haciendo mella en los cantores que comenzaron a cambiar la intensidad, el tono y el timbre de sus voces. A don Juan Antonio, le rondaba la idea de formar un gran coro y se puso manos a la obra, comenzando por la búsqueda de un local y por necesaria prueba de voces. No había ninguna limitación ni exclusión para nadie. Los que tenemos el oído un poco justo y la voz no muy afinada encontramos acomodo en las voces segundas o terceras, dentro de cada cuerda, y el trabajo intenso de don Juan Antonio hizo el resto. La frase empleada por un periodista en un reportaje sobre Sigüenza, hablando del Orfeón de “Chicos y chicas que cuando cantan se superan a sí mismos”, resume en pocas palabras el espíritu de una agrupación que allí en donde actuaba dejaba constancia de una calidad difícil de comprender en una población como Sigüenza.
Don Juan Antonio y su Orfeón fueron superando obstáculos. El viaje a Arcos de Jalón el 16 de junio de 1966 se realizó en dos autobuses, varias personas en tren de la mañana, otras en la furgoneta de Ricardo Checa, en un SIMCA 1000 y en el tren de las 5 de la tarde. En la actuación en Teruel, el día 24 de noviembre de 1968, se desplazaron dos autobuses de 54 y 43 plazas, y un coche particular con 8 personas. El concierto fue en el Teatro Marín, el lleno, absoluto y la actuación, redonda. El crítico musical que cubrió el acto escribió, entre otras cosas: “El Orfeón interpreta bien, sus voces se conjuntan perfectamente y se mantienen únicas dentro del conjunto de la pieza, sin mezclas ambiguas y con una presencia particular de cada una, dentro del contrapunto”. Sobran los comentarios.
“En Sigüenza tengo yo, lo mejor de mi vida, el ensayo, el Orfeón, mi amor y mi alegría”. Es el comienzo de la canción Nostalgia, música y letra de don Juan Antonio, que resume el pensamiento y forma de actuación de un grupo de personas heterogéneo, formado por profesores, estudiantes, trabajadores y amas de casa, que sacrificaban su tiempo por esta actividad artística y en frase de otro escritor, “puede ir paseando su mensaje de paz y amor entre los hombres por todo el mundo”. La convivencia en un grupo con grandes diferencias de edad no era nada fácil pero no fue ningún obstáculo para el excelente funcionamiento del Orfeón.
“Ya comienza a atardecer y acabo mi trabajo; ¡Qué tristes suenan aquí las nueve menos cuarto”, continúa la canción. La hora era una institución entre los miembros del Orfeón y del resto de la ciudad, que notaba el vacío de sus calles. Los días de la semana estaban repartidos entre las diversas voces y los viernes, ensayo general, atentos a los matices, puliendo los defectos y conjuntando el amplio manantial de voces mixtas. “Cuando escucho en el reloj, las nueve menos cuarto, madre yo no sé qué hacer, pensando en el ensayo”. El grupo de cantores se tomaba la cita lo suficientemente en serio como para estar preparado para actuar en cualquier lugar y en cualquier momento.
Una de las actuaciones más recordadas tuvo lugar el día 20 de septiembre de 1970 en la iglesia del Fuerte de San Francisco, de Guadalajara. Se celebraba el IX Día del Provincia y era un acto oficial con la intervención de las primeras autoridades provinciales y, por lo tanto, el compromiso muy serio. El coro seguntino llegó a la sala del recital con hora suficiente para efectuar el ensayo. Los miembros de la orquesta sinfónica “Juan Crisóstomo Arriaga”, formada por profesores de la Orquesta Nacional de España, dirigida por Julián García del Vega, no pudieron evitar el gesto dubitativo e irónico de lo que les iba a suponer una jornada extra de trabajo. Una vez colocado el grupo, el director movió su batuta y lo que parecía una larga jornada quedó en un ensayo de 10 minutos que les hizo cambiar el gesto y la opinión a unos músicos curtidos en mil batallas. Llegado el momento, los cinco sentidos de los integrantes del coro y la dirección de don Juan Antonio, consiguieron que El Aleluya, del Mesías de Haendel, resonara en el templo con una calidad, afinación y poderío que, antes de finalizar la interpretación, puso al público asistente en pie y después a los integrantes de la orquesta que aplaudieron con palmas y con los arcos de los instrumentos en señal de reconocimiento.
“Hoy salimos a cantar y las calles se animan. Ilusión de juventud, amigos que se ayudan”. Las salidas no se limitaron a lugares de nuestra provincia. Buena parte de la geografía española fue punto de destino para los cantores seguntinos. Los viajes a Roma, a Inglaterra, a Holanda, pasando por Bélgica, Alemania, Suiza y Francia, ensancharon las fronteras para muchas personas que de no haber tenido esta oportunidad jamás hubieran soñado en la vida conocer estos lugares. Eran tiempos en los que cualquier viaje y, de manera especial los que se hacían al extranjero, conllevaban una cantidad de trámites que hubieran hecho abandonar al ciudadano más decidido. Tanta actividad tenía que ser una fuente inagotable de anécdotas. Recuerdo que en Burdeos, un talludo cantor nos confesó que el viaje más largo que había hecho en su vida, hasta ese instante, fue al cuartel en el que hizo el servicio militar y a Moratilla de Henares.
No todo el mundo ni en toda ocasión podíamos desplazarnos con el coro. El estribillo de cada una de las estrofas, “No me olvides cuando os juntéis a cantar, tu recuerdo será nuestro pacto de hermandad”, nos volvía a reunir a todos los cantores en una línea imaginaría y en un abrazo fraterno, disfrutando de los éxitos como si allí mismo estuviéramos presentes. La labor social y cristiana de don Juan Antonio, y por extensión de Inés, Carmen y Daniel, ha sido algo impagable. El municipio y amplios sectores sociales tienen una deuda de gratitud con estas personas. Casi de prisa y corriendo se organizó un homenaje al fundador y director del Orfeón Donceli, el día 7 de septiembre de 2002. Allí nos reunimos un centenar de personas que seguro hubiera sido mayor el número de haber contado con tiempo y medios para haber llegado a más cantores. Los viejos rockeros nunca mueren, asegura un dicho popular, y en el Restaurante Madrid, las voces de los asistentes y la dirección de don Juan Antonio hicieron el milagro. Las gargantas con algunos años de más aguantaron el envite y en esos instantes la canción resonó con ímpetu, cadencia y poderío.
La música en nuestra ciudad parece que está condenada al olvido. En el siglo XX había Rondallas, Capilla en al Catedral, Banda de Música del municipio, Escolanía y Orfeón. Cualquiera de las agrupaciones era de tal entidad que despertaba una sana envidia en los lugares próximos y en ciudades de buen tamaño. Hoy, la Asociación Grupo Musical Seguntino pelea para que lo que fue un milagro con don Luis Laguna no se quede en el recuerdo y la Rondalla seguntina se aferra a sus integrantes para que el paso del tiempo proporcione un relevo paulatino de los veteranos. Algo pasa, como diría aquél.