
Mapa de La Alcarria
Tomillo, romero, miel y olivares. Eso es lo que asociamos con La Alcarria, la comarca más conocida de nuestra provincia, aunque no la única, desde luego. Pero lo más característico de La Alcarria no es su vegetación aromática ni los excelentes productos de esta tierra: lo que define esta comarca singular es –y no todo el mundo es consciente– un rasgo geológico, o mejor, geomorfológico: su abundancia de alcarrias.

Borde del páramo alcarreño. Valle del Badiel.
Precisamente, dirán algunos. Pero hay que definir lo que estamos nombrando. Una alcarria –y seguimos parcialmente a la Real Academia– es un páramo, una meseta de superficie rasa delimitada en sus bordes por cuestas empinadas. En la provincia tenemos alcarrias, vaya que sí. Hay un relieve residual, un resto de lo que una vez fue algo mayor, que da lugar a una isla en un punto del ángulo que forman el Sistema Ibérico y la Cordillera Central, y que es lo que llamamos el páramo alcarreño. Se trata de una superficie tabular, de un paisaje plano que termina por desplomarse en aquellas laderas de romero y espliego, cuestas que acaban cayendo sobre los valles de los ríos que rodean esa superficie o que, en parte, la hienden y dividen. Quizá el fragmento más conocido y característico de este páramo sea el que atraviesa la autovía de Zaragoza a su paso por nuestra provincia. Uno sube, viajando desde Guadalajara, a la altura de Torija, y ya no deja el mismo nivel, entre los novecientos y pocos y los algo más de mil metros, hasta que, ya cerca de Algora, las estribaciones de la Cordillera Ibérica empiezan a manifestarse, imponiendo un relieve que se aleja enseguida de la horizontalidad. Este páramo de Torija, de Fuentes de la Alcarria, de Mirabueno y Alaminos –que hacen de límite al Este– es en realidad la mitad de todo el páramo alcarreño. Porque nuestro páramo está hendido en dos porciones principales por el valle encajado del río más alcarreño de todos, que es el Tajuña. La porción sur limita al Este con el valle del Cifuentes, y se extiende hasta pasado Pastrana, donde empieza a desdibujarse hacia el Oeste. Luego hay fragmentos de páramo más allá de estas dos mesas principales, alcarrias menores, como las de la Sierra de la Solana, al este de Chillarón, o los coletazos de páramo del sur del Arlés, en Valdeconcha, o del norte del Badiel.

Valle del Tajuña. En Aranzueque.
E, inseparablemente de las alcarrias, están las campiñas. Una campiña, en terminología alcarreña, es el fondo del valle de un río que se atrevió a romper, disolviéndolo, ese páramo perfecto de horizontalidad: cursos de agua que, royendo y erosionando con la paciencia de los milenios, acabaron por hendir las alcarrias, configurando sus límites. Una vez, el páramo fue mayor: se extendió por la mayoría del espacio delimitado por aquél ángulo entre las dos grandes cordilleras. Los erosión, centrada entonces en esas montañas circundantes, arrojaba los productos arrancados, cantos, arenas, arcillas y, por fin, la cal disuelta depositada en forma de calizas (las calizas de los páramos, precisamente), en la gran cuenca formada entre ambas cordilleras. Todos esos materiales se acumulaban en estratos horizontales superpuestos, como las capas de una tarta, y fueron después socavados por los ríos citados, que acabaron por hendir la tarta en un laberinto de afluentes y valles encajados, dejando al descubierto aquellos estratos que alternan hoy en ocres – de las margas– , en blancos y grises – del yeso– , en rojos – de las arcillas– , confiriendo a las laderas de las campiñas alcarreñas un intenso colorido geológico.

Las Tetas de Viana desde El Olivar.
Llamamos comarca de La Alcarria a la porción del territorio patrio que incluye este páramo hendido por sus ríos. El Tajuña es el central de ellos, que divide en dos, como hemos dicho. El Henares, por su parte, crea su campiña al norte, ganándola a base de desmontar ese primitivo páramo del que quedan, a sus orillas, dos o tres testigos, cerros cuya cumbre formó parte de la antigua meseta, como el de Hita o la Muela de Alarilla; a su comarca ya no la llamamos la Alcarria, sino la Campiña: la Campiña del Henares. Por el sur, el Tajo desmonta el páramo, creando su propia vega. A este territorio irrigado por el gran río se ha venido llamando Baja Alcarria, por más que muchos llevan este concepto a las partes bajas de la cuenca del Tajuña; digo yo que, tal vez, hubiera sido más correcto, por simetría con lo que pasa al Norte, llamarlo “Campiña del Tajo”. La Alcarria, como se ve, tiene alcarrias, pero es algo más. Incluye también, por ejemplo, la cuenca del río Cifuentes, en la comarca de Trillo y Cifuentes, una Alcarria en la que las únicas alcarrias visibles son aquellas dos Tetas de Viana, cerros testigo que vigilan sobre un paisaje de antiguo páramo desmantelado, hoya cálida y fértil donde la miel sigue siendo, y viene Tajuña y Tajo arriba, la mejor del mundo. La Alcarria, que se prolonga con ese nombre hacia Madrid (la Alcarria de Alcalá, continuación del páramo), o al otro lado de la Sierra de Altomira (la Alcarria Conquense, aquí ya sin más páramos que algunos residuos). Un territorio heterogéneo y diverso, hecho de alcarrias o, a veces, sin ellas... y, entonces, constituido más bien por campiñas.

La horizontalidad del páramo alcarreño. Cerca de Mirabueno.