Fijemos la atención a la lista de los discos más vendidos el pasado mes en sus diez primeros puestos. Dos nombres de sendas chicas que se han colado entre El Canto del Loco, Miguel Bosé, Fito y los Fitipaldis, Serrat y Sabina, Estopa, etc. ¿Quiénes son estas dos individuas? Una, Amy Winehouse, la mala. Segunda, Amy Anne Duffy, la buena. Ambas constituyen el último fenómeno caliente importado de las islas británicas, con esa maestría anglosajona para buscar el reverso cuando un artista o grupo entra sin pedir permiso y se instala en lo más alto de las ventas con descaro, grosería y poses de desprecio por la industria musical.
Amy Winehouse es la reencarnación de Etta James, pero en plan puta barata, adicta a todas las drogas, escandalosa, de lenguaje soez, barriobajero. Su disco, Back to black, es soul negro en estado puro, áspero, hiriente. Un trabajo con una producción ajustada a los cánones del género cuarenta años después de su invención. La otra, Duffy, es la nueva Dusty Springfield, dotada de un bello timbre y gusto por el soul blanco, más apto a oídos mayoritarios, sobre todo británicos. Así suena Rockferry. Es guapa, delicada, respetuosa con su Gales natal, no muy culta aunque con más base y refinados comportamientos que Winehouse. La primera se ha llevado casi todos los premios de las academias inglesa y estadounidense de la música en 2007. La segunda, ya lo verán, arrasará en los galardones de 2008.
Amy Winehouse y Duffy protagonizan el último duelo creado artificialmente por la prensa e industria musicales inglesas. Ambas ni se conocen y no han comido ni una sola vez juntas. Cada una parte de un padrino diferente y han coincidido en el tiempo, nada más. Como en su día lo hicieron The Beatles y The Rolling Stones, o en los noventa Oasis y Blur. No son comparables, pero nos encanta elevarlos al mismo plano desde posiciones vitales diferentes, para pasado el tiempo comprobar que tan perversos eran unos como otros, o tan dóciles, según como se mire. No rivalizan, y nos hacen creer que sí. Los periodistas entran al señuelo y la polémica ficticia corre como la pólvora por medio mundo. Conclusión: discos superventas.
Nuestro país cae en el juego; sólo hay un pequeño matiz: de los aditivos del guiso sólo nos llega el olor. Lástima no probar la poción.
Homegrown Istanbul (Zula / Resistencia) es el primer volumen de lo que quiere ser una recopilación de las formas musicales turcas concentrada en su capital, Estambul, cuya ebullición en estilos, melodías, profusión instrumental y síntesis de maneras tradicionales con propuestas occidentales la ha convertido en una de las ciudades más vivas, más interesantes, musicalmente hablando. Este conjunto de canciones, 15 en total, con lo más granado del año 2006 incluye incluso piezas anteriormente no editadas. Los títulos instrumentales ocupan la mayor parte de su duración, pero guarda dos joyas vocales para el final con Zelai y Cem Yildiz en Dilo y Ilkay Acalla con Kazim Koyuncu en Nana, para cerrar con una composición de rock étnico con toques de psicodelia. Este disco, junto con Cruzando el puente, te abre las puertas a parajes asombrosos.
Noa vuelve al primer plano con Genes & Jeans (Universal), magnífico título para un trabalenguas y para realizar la fotosíntesis de la herencia musical de sus raíces yemenís con la influencia de la canción folk estadounidense, una suerte de árbol genealógico partiendo de las enseñanzas recibidas de su abuela. Ella añade una peculiar interpretación, siempre cálida, atenta a la pronunciación perfecta en cada línea melódica, aunque a un particular le parece que no vendría mal escuchar a Noa con un poco más de músculo. Seguro que sus cuerdas vocales lo aguantarían. Este disco, dicho sea de paso, es mejor que trabajos anteriores.
Pedro Guerra publica su octavo álbum (agregaríamos uno más acompañando al recién fallecido poeta Ángel González). Es Vidas (Sony/BMG), palabra extraída del tema Casas Antiguas, una de las varias y bellas reflexiones sobre el ser humano y los múltiples sentimientos o recuerdos que alberga o suma a lo largo de su existencia. Obvio decir que las letras son magníficas, pues Pedro Guerra es uno de los mejores en esta faceta. En lo musical, se instala en un cruce entre las mornas de Cabo Verde, la tonada canaria, la sensualidad brasileña y el espíritu de Lusitania. Diversas son las estrofas cuyos versos arañan la máscara que vestimos tras el corazón latente en las cosas importantes de la vida. Pero, puestos a escoger, el mejor tema es Lara, dedicado a su hija.