Durante siglos, los pueblos de la Serranía del Ducado de Guadalajara tuvieron la noche del 31 de marzo como una fecha muy señalada, debido a que fue una tradición destinada a facilitar el emparejamiento de hombres y mujeres jóvenes. La despoblación del área rural de la provincia durante las décadas de los años 60 y 70 del siglo XX, contribuyó a que dejara de practicarse, dado que en los pueblos sólo se quedaron hombres y mujeres mayores, ya casados o viudos, y por tanto sin interés directo en la Fiesta de los Mayos. Igualmente, el cambio en las costumbres sociales, que facilitó las relaciones entre hombres y mujeres jóvenes sin supervisión de sus mayores, hizo que esta tradición dejara de practicarse.
Los Mayos fueron en España una de las pocas festividades tradicionales españolas no asociadas a conmemoraciones cristianas, al igual que los carnavales. Su origen parece ser anterior a la dominación romana de la Península Ibérica, dado el paralelismo que existe entre el Árbol de Mayo, del que hablaremos más adelante, y la ceremonia celta documentada en tiempos de Julio César, donde los druidas plantaban un árbol joven como ceremonia de bienvenida a la primavera. Pero sin necesidad de remontarse tan atrás, lo que resulta evidente es que la Fiesta de los Mayos cumplió una función fundamental para cumplir las exigencias de moralidad y buenas costumbres que formaron parte de la mentalidad de la sociedad española, y de su defensa a ultranza de la honra. Fomentada ésta por una larga tradición católica, era visto con muy malos ojos que las mujeres jóvenes tuvieran novios no formales –es decir, relaciones con hombres que no acabasen en matrimonio-, o que acudieran solas a bailes y celebraciones. De hecho, un rumor levantado contra una moza aludiendo a su dudosa moralidad podía desembocar en que ningún mozo la aceptara por esposa, y quedase soltera de por vida. Esta forma de pensar causaba sin embargo un grave perjuicio a las jóvenes, que además de no poder establecer relaciones, se veían sometidas durante años a guardar el luto, lo que les casi les impedía salir de casa. Dado que la finalidad de la mujer era tener hijos –no olvidemos que estamos refiriéndonos a la sociedad rural tradicional-, muchas jóvenes podían acabar “vistiendo santos”, es decir, solteras, aún contra su voluntad.
El problema se hace mayor si consideramos que todavía a principios del siglo XX los derechos de las mujeres estaban muy limitados por las leyes. Incluso una viuda podía tener graves dificultades para conservar lo heredado de su marido, para administrar sus bienes, o para tomar decisiones sobre su patrimonio.
La sociedad necesitaba una vía de escape que permitiese a las mujeres jóvenes relacionarse con hombres sin perder su consideración, y sin que los hombres las considerasen unas libertinas. Y esta era la función que cumplía la Fiesta de los Mayos. Mozos y mozas podían ennoviarse y deshacer libremente el compromiso meses después si la pareja así lo decidía. Y sin perjuicio de que la relación acabara en matrimonio.
La Fiesta de los Mayos que ha llegado hasta nosotros, y que todavía se celebra como fiesta folclórica en el pueblo de Albarracín, en Teruel, data del siglo XIX. Sin duda se celebró con anterioridad, pero no hay que olvidar que hasta ese momento el padre elegía marido para la hija, y que la idea de que las mujeres elijan libremente a su marido no empieza a cuestionarse hasta ese siglo. Por tanto, la finalidad de ennoviarse de los mayos no puede ser anterior, y aunque la ceremonia se celebrara, debía servir a otros propósitos, o ser simplemente una fiesta más en el calendario.
La Fiesta de Mayos que voy a describir me fue contada por Juan Carrascosa, de Renales, a sus 84 años. Él había participado en la misma de mozo durante varios años, en la década de los años 40, y su mujer fue una de las novias de mayo que él tuvo. Adicionalmente, su hijo Teodoro transcribió el Cantar de los Mayos, que añado al final de este artículo.
La noche del 31 de marzo todos los mozos del pueblo se reunían a cenar seis huevos cocidos cada uno, vino y pan. Terminada la cena, sorteaban todas las mozas entre ellos –hombres y mujeres eran mozos a partir de los 17 años-. Después, salían de ronda y bajo el balcón de la maya –nombre genérico para la moza emparejada- cantaban a coro el Cantar de Mayo, donde ella conocía el nombre del mozo que le tocaba por novio. Dependiendo de si el mayo asignado era del gusto o no de la moza, ésta se asomaba al balcón o permanecía en el interior de la casa. La ronda se acompañaba de guitarras y gaitillas –especie de pequeña flauta de la serranía-, así como de abundante vino.
A la mañana siguiente, los mozos cortaban un árbol y talaban sus ramas, dejándole sólo la copa, y plantándolo después en la plaza. Con las ramas verdes del árbol, cada mozo trepaba al balcón de su Maya para adornarlo, y que así se supiera que la moza estaba emparejada. Después llamaba a la puerta, y era recibido por el padre de ella, que solía invitarlo a desayunar -aguardiente alcarreño, una cebolla, y algo de pan-.
Así terminaba la ceremonia de los mayos, si bien no su celebración, ya que las parejas formadas estaban obligadas a ir juntas a los bailes y fiestas hasta que llegara San Juan, el 21 de junio. Para esta fecha la pareja podía deshacerse, o si se gustaban, continuar. Juan Carrascosa me explicó, adicionalmente, que como a él le gustaba una moza, Isidra, la que con el tiempo fue su mujer, apañó el sorteo con otros mozos para que le tocara a él, y que ésta era una práctica habitual.
El cantar de Mayo que transcribo fue recogido por Teodoro, hijo de Juan Carrascosa. En mi opinión, algunos de sus versos pueden estar alterados por la memoria de Juan, pero su forma literaria en cuartetas con sextetos remite a la copla, y los giros y expresiones remiten a la formas literarias del siglo XIX.

Ya estamos a treinta
del Abril cumplido
alégrate dama
que Mayo ha venido.
Ya ha venido mayo
bienvenido sea
a cantarte el mayo
regálale, prenda.
El sol con sus rayos
deja su carrera
al ver otro astro
que a él le supera.
La luna envidiosa
suspendida queda
al ver otra luna
suspendida en ella.
Viene tu galán
prometiendo mayos
con verdes pimpollos
blancos y encarnados.
Encarnada rosa
feliz primavera
los que han de cantarte
su licencia esperan.
Esperando estamos
luz de la mañana
ver el cielo abierto
y el sol en tu cara.
Cara pinta hermosa
número de Apeles
para dibujarte
no tengo pinceles.
Pinceles son plumas
y una me has de dar
de tus alas bellas
águila imperial.
Aguila imperial
que el sueño reposa
despierta si duermes
y oirás tu copla.
Copiosos y rubios
tus cabellos son
tu cabeza es arra
de la discrección.
Con discrección brillan
tus finos pendientes
formando cupidos
flores en tu frente.
tus pestañas brillan
tus ojos luceros
relumbrantes niñas.
tus mejillas bellas
tu nariz al punto
discreción de perlas.
tu boca un clavel
tus labios partidos
dulce panal es.
que a la barba baja
es dulce y sabroso
que a la nieve cuaja.
Cuaja finas perlas
tu hermosa garganta
con venas azules
que al pecho desmantan.
Desmantaron torpes
fuentes que alimentan
que alimento son,
señora tus brazos.
Con diez ramilletes
déjame en tus manos.
Manos más preciosas
fueron pues pintaron
cuerpo más perfecto
talle más delgado.
Delgada sois dama
podéis perdonar
que hermosura tanta
no pude pintar.
Pintaré tus piernas
menudito el pie
chiquitita encanto
hechicera es.
Hechicera es
¡oh! que esta señora
(Nombre de la moza) se llama
de esta calle aurora.
Aurora sus luces
plánteme azucena
mayo te prometo
sea enhorabuena.
Sea enhorabuena
pimpollo de mayo
que el señor (nombre del mozo)
por Mayo ha quedado.
Quiérelo madama
quiérelo amorosa
clavel jaspeado
encarnada rosa.
Encarnada rosa
Azucena blanca
reina de este barrio
de esta calle mapa.
Mapa de galanes
ya sólo nos falta
una bendición
de tus manos blancas.
Blanquea la aurora
y le dice al sol
espejo brillante
quédate con Dios.
Quédate con Dios
que en Mayo se queda
con dos resplandores
a tu cabecera.
Adios alelí
adios azucena
adios rosa blanca
adios rosa bella.
de tus cerrojos y llaves
y de ti no me despido
manojito de corales.