Como agua de mayo. Hacía muchos años – decenas de años – que no se había visto una cosa igual. La lluvia ha mojado el campo – donde, efectivamente, siempre es bien recibida – y espero que haya calado también en la conciencia de algunos que se obsesionan en hacer del reparto equitativo del agua una guerra entre distintas comunidades. Como si no tuviéramos bastante con las que ya nos montan cada día los políticos de turno.
Pero no se preocupen que no les calentaré la cabeza con los aburridos debates de la actualidad política. Aquí, al menos a mí, me interesan más las pequeñas cosas de la vida. El agua es vida y nos da la vida. Dice un amigo mío que los pequeños gestos son la antesala de las cosas importantes. Luego entonces, permítanme que les hable del campo y de las flores.
Permítanme que les hable del siempre recordado “venid y vamos todos, con flores a María”. Este estribillo, seguido del “Ave, Ave, Ave María” – que tantas veces cambiábamos en fiestas por el “ave, ave, a beber vino” – me resuena en los oídos como un sueño de primavera o como el primer anuncio del verano. Y, además, es una de las referencias inevitables del mes de mayo. Cuando se cantaba a María en las iglesias o en la procesión de la Cruz, el campo despertaba. Era una fiesta y un canto a la belleza y al esplendor de la primavera.
Yo recuerdo, de chaval, haber ido con Doña Angelita a la iglesia para cantar con entusiasmo y recitar con emoción poesías a la Virgen. Cada uno tenía que prepararse una coplilla o una pequeña estrofa, que luego cantaba o recitaba desde las escaleras del altar mayor, portando un pequeño ramo de flores silvestres en la mano. La recreación de la escena del niño moviendo el ramo de flores delante de la virgen puede parecer ahora casi una provocación. Una de esas cosas que se las cuentas a tus hijos y te miran de arriba abajo, como a un bicho raro. Como si te hubieses equivocado de pastillas, estuvieras algo trastornado o bajo los efectos del “chiquichiqui” y “la perrea”.
Lo cierto es que yo me acuso padre de haber participado en esta evocación marianista – nada que ver con la evocación “marianista” de algunos militantes del Partido Popular –, pero también le digo que lo hice con la misma ilusión y vehemencia con la que he asumido después algunos otros retos en la vida.
En una de aquellas tardes, cuando me dirigía al pie del altar para recitar mi humilde y sencilla poesía, tuve una extraña mutación. Se me ocurrió cambiar la letra, aunque no recuerdo bien si lo hice por decisión propia o inducido previamente por alguien. Lo cierto es que sin cortarme un pelo declamé con voz cantarina lo siguiente: “Como soy tan pequeñito y tengo tan poca voz, sólo quiero decirte: viva la madre que te parió”.
En realidad, sólo había cambiado del texto original “la madre de Dios” por la frase “la madre que te parió”, pero allí se armó un cierto revuelo y el murmullo consiguiente me impidió disfrutar del aplauso de los amigos que no estaban al corriente de la nueva versión. Aquello podría haberme causado un trauma irreversible en mi desarrollo, pero entonces los traumas solamente existían en países más desarrollados y en Argentina.
Supongo que la Virgen y también San Fortunato – que era y espero que lo siga siendo por muchos años el patrono de mi pueblo – me habrán perdonado. Al fin y al cabo, les cuidábamos y les adornábamos en aquella época como si fueran de la familia. Por cierto, en tiempos de pertinaz sequía, al santo y mártir Fortunato le sacábamos en procesión para que lloviera y le cantábamos cosas tan bonitas como esta: “San Fortunato glorioso, del Africa natural, danos fe, agua y humildad”.
Lo recuerdo ahora con mi padre y me veo detrás del cura, vestido de monaquillo y recitando esa plegaria. Aunque, eso sí, mi padre me apunta algo que a mí se me había pasado por alto: cuando llovía demasiado se cambiaba la letra a la canción. Entonces, en lugar de cantar “danos fe, agua y humildad”, decíamos: “danos fe, amor y humildad”.
Simplemente, y por si acaso, se le avisaba al santo de que el agua que caía copiosamente en esos días podía acabar inundando el pueblo.
No es fácil recrearse en los colores y sabores de la primavera de mi infancia desde Madrid, bajando por la Castellana, camino de Cibeles. Desde el atasco sólo pueden verse las rosas, las petunias y las margaritas de criadero, junto al cupo de tulipanes que nos mandan cada año de Holanda. Algo es algo. Sin embargo, esta contemplación urbana de la primavera, se asemeja a una película del Oeste rodada en los desiertos de Almería. Las flores de los bulevares de Recoletos son decorativas y hasta relajantes, pero me quedo con los corros de margaritas que salen en las laderas del castillo de La Riba o en el entorno de las Praderas de Valdelagua.
Las margaritas, las amapolas, las jaras y el romero que surgen de forma espontánea por cipoteros y ribazos son otra cosa, amigo. Ser de pueblo – ya lo he dicho en más de una ocasión – es un privilegio y permite además apreciar estas diferencias. Los de pueblo nunca confundiremos el campo y la naturaleza con una bella postal, cosa que muy frecuentemente ocurre con domingueros y algún que otro ecologista de importación.
Cuando de niños buscábamos flores silvestres en barbechos y sementeras para adornar la iglesia, – no como las petunias trasplantadas de la Castellana – cumplíamos con una costumbre a punto de desaparecer. “La especie con mayor peligro de extinción es el hombre rural, en definitiva, la gente del campo”, decía hace unos días mi buen amigo Antonio Pérez Henares en una charla que compartimos en la Casa de Guadalajara en Madrid. Estoy de acuerdo con él. La vida se ha ido apagando en nuestros pueblos y lo que tenemos ahora mismo es una revitalización de esos núcleos rurales, pero a tiempo parcial.
Los que llegan durante el fin de semana o vienen de vacaciones en verano son menos artificiales que las flores de Madrid, pero ya no han visto crecer día a día la primavera, ni son testigos de esa transformación del campo en los meses anteriores a su magnífico esplendor. La poca gente que queda en el medio rural podría darnos lecciones a cualquiera de nosotros, incluidos – por supuesto – a los ecologistas de salón.
Desde el convencimiento de que el pequeño latido que les queda a nuestros pueblos son los cuatro agricultores y ganaderos que quedan en esos núcleos rurales, les digo que hay cosas que no deberían de perderse nunca. Entre ellas, las canciones populares de aquel tiempo no tan lejano. El problema es que ya no hay quien las cante. El campo se ha convertido en un espléndido decorado, en una bonita foto o en una simple postal.