
A las ocho de la mañana me levanté y salí a la calle. En Roncesvalles caía una fina lluvia y los temores empezaron a apoderarse de mí de una manera agobiante: qué hacía yo allí sólo con mi innata capacidad para el despiste, mi inutilidad para las cosas más normales y mi incipiente vejez, pensando en caminar más de 700 Kms por parajes desconocidos. Para calmarme decidí entrar en el único bar del pueblo y tomarme un reconfortante cafelito. Allí me encontré con los treintaitantos tíos con pinta de pirados que no me habían dejado pegar ojo con sus ronquidos. Como todavía no había cargado en mi cerebro mi oxidado don de lenguas que luego me sería imprescindible para compartir experiencias, agarré mi mochila –gracias Carpin–, agarré mi bastón –gracias Nacho– y me eché al monte.
Sólo llevaba una hora andando por el precioso bosque que rodea el paso de Roncesvalles cuando me encontré con un francés al que había saludado la noche anterior. Estaba sentado en medio del camino contemplando lo que parecía el primer vuelo de un pajarillo. Teniendo en cuenta que nos quedaban 700 Kms intuí que si todos mis compañeros de viaje iban a dedicarse a semejantes placeres, tardaríamos tres o cuatro meses en llegar a Santiago. Así que tras compartir su fabulosa experiencia durante 5 minutos, reanudé mi marcha. Pasada otra hora y haciendo honor a las aptitudes descritas al inicio de estas líneas, me encontraba tan ricamente caminando en sentido contrario al que debía llevarme a Santiago. Me hice a la idea de que lo de los tres meses se me iba a quedar corto. Menos mal que no tenía prisa.
Una vez devuelto al camino natural por un alma caritativa, continué andando durante un par de horas. Pero claro, ya eran más de las diez y, como miembro genuino del Grupo Mixto, tenía la garganta seca y sentí la necesidad de endilgarme un carajillo en condiciones. Como Santiago provee, encontré enseguida una taberna y entré a saciar mi sed. Al entrar me encontré con una mesa larga en la que diez o doce individuos de la localidad daban cuenta de huevos fritos, chistorra, lomos y demás frusilerías, a discreción. Ya había avanzando por lo menos 7 Kms y por tanto me sentí merecedor de mejorar mi dieta añadiendo a mi imprescindible carajillo un bocadillo de chistorra de veinticinco metros. No había terminado mi frugal desayuno cuando uno de los comensales se levantó y le dijo al tabernero que el “peregrino” estaba invitado porque le daba buen rollo que con la tirada que le quedaba se parara ya a reponer fuerzas con un carajillo y un bocata de veinticinco metros. Como el “peregrino” era yo, comprendí que viajaba sólo pero que no estaba ni iba a estar sólo.
Por todo lo anterior, perdí los miedos y comprendí que me lo iba a pasar en grande. Me iba a perder cuarenta veces, iba a conocer tipos mucho más locos que yo e iba a ver sitios maravillosos. Y así resultó. Me di cuenta que yo había nacido para eso: andar, comer, beber y darle al palique con todo dios. Sólo los problemas físicos me confirmaron lo que yo barruntaba: el deterioro natural que el tiempo va provocando en un ex-atleta como yo.
Aún así, era imposible no reírse cada día con las distintas personas que fui conociendo y que pueblan el camino: esas dos coreanas que no se conocían pero que, como sólo hablaban su idioma acabaron haciéndose amigas y a las que tuve oportunidad de ver llorando y abrazándose cuando llegaron a Santiago; ese gallego que hacía el camino al revés y comía de lo que iba rapiñando por el campo porque su presupuesto de comida se lo gastaba en porros; ese par de franceses que llevaban ocho meses andando y que venían del norte de Europa; esa alemana que andaba un día y otro día cogía el autobús y que me dio mucha moral porque salimos juntos de Roncesvalles y llegamos a la vez a León; ese ciclista que me contaba orgulloso que llevaba 500 Km sin pinchar y al día siguiente de cenar conmigo en Molinaseca –a sólo 200 Km de Santiago– pinchó dos veces y me iba dejando recaditos en los albergues; esa sueca que no sabía ni inglés ni español y a la que todas las tardes le daba clase por señas del “español de peregrino” –manta, pinzas de ropa, calefacción, galletas príncipe valiente, pan y otros vocablos imprescindibles para su supervivencia–; ese jugador de baloncesto de la época dorada del CAI de Zaragoza al que yo había visto por televisión en la olimpiada de Los Ángeles y que me animó mucho cuando me dio un abrazo en la cima de O’Cebreiro y me dijo que yo era una máquina (lo que no le confesé en el pedo que nos cogimos hasta las dos de la mañana es que había subido a toda leche y estaba allí emborrachándome porque estaba quemando mis naves ya que tal como llevaba mis pies me había hecho a la idea de subirme al autobús al día siguiente, cosa que luego no hice); esos italianos que haciendo honor a su fama no hacen el Camino sino que “están” en el Camino un día hacia delante y otro hacia atrás con el único objetivo de perseguir a todas las tías que se encuentran; y así una lista interminable de personas con las que vas coincidiendo cada día o cada dos o tres días.
Con lo del deterioro físico no pretendo asustar a nadie porque enseguida aprendes trucos para superar las adversidades. Por ejemplo yo cuando miraba desde abajo alguna de las ascensiones míticas como el Monte del Perdón, la Cruz de Ferro, O’Cebreiro y algunas otras, me lo tomaba con calma. Buscaba una piedra adecuada para aposentarme, me descalzaba para airear los pinreles y me fumaba un par de cigarrillos. Luego, con los pulmones bien colapsados, no tenía más remedio que aplacar el ritmo y así, pasito a pasito acababa por llegar a cualquier sitio. Además la formación tradicional de ampollas –dada mi ya conocida inutilidad para arreglar estas cosas– me sirvió para confraternizar con mi amiga Eva que con su pericia me enseñó a curarlas y a la que un puñetero virus dejó tirada en Carrión de los Condes y, a mi –además de casi tumbarme también– me provocó el único momento de tristeza de todo el Camino.

He de decir que descubrí sitios preciosos en los que de otro modo no habría estado nunca y que, pese a estar veintiséis días, se me hizo corto. Por eso, cuando coincidí en Santiago con otros caminantes y me dijeron que seguían tres días más hasta Fisterra –donde dicen que llegó la barca con los restos del Apóstol– pensé que si había llegado hasta allí, bien podría seguir hasta el fin del mundo. Pero me di cuenta de que definitivamente me había quedado sin pies. Así que decidí renunciar y hacer una visita al Apóstol, que a fin de cuentas para eso había ido hasta allí. Como soy un bocazas, le confesé que a pesar de mi escasa espiritualidad había notado un empujoncito en algunos momentos duros y le di las gracias por ello. Me pareció que me sonreía.