Son rebeliones de los más pobres, pero si los precios siguen subiendo, las clases medias se verán afectadas, lo que se traducirá en oleadas de emigración. La escalada de los precios es letal para los países pobres: la comida representa un gasto de hasta el 75% de los ingresos de las familias de los países pobres, contra un 15% en los países ricos.
Los primeros disturbios tuvieron lugar en México el año pasado por el gran aumento del precio del maíz. En Myanmar (antigua Birmania) la revuelta de los monjes en septiembre de 2007 comenzó por manifestaciones contra la carestía de los alimentos. Este año hemos asistido a tumultos en Egipto, Marruecos, Haití, Filipinas, Indonesia, Pakistán, Bangladés, Malasia y sobre todo de África Occidental (Senegal, Costa de Marfil, Camerún y Burkina Faso). Para evitar problemas algunos Gobiernos ya han aplicado medidas: Kazajistán ha suspendido sus exportaciones de trigo, Indonesia ha decidido limitar las de arroz, Filipinas ha declarado la guerra a los especuladores, y Argentina, Vietnam y Rusia han restringido sus ventas de soja, trigo y arroz al extranjero –a su vez estas medidas agravan el alza de precios–.
Durante el último año cereales básicos para la alimentación humana –pero sobretodo para los más pobres–, como el arroz, el trigo, el maíz o la soja, han tenido escalofriantes subidas del 76%, 130%, 53% y 87%, respectivamente. El valor de los productos lácteos ha subido un 80%. Para el Banco Mundial estos aumentos han empujado a la miseria a más de cien millones de habitantes de los países pobres, y a multiplicar la inflación en los países ricos. El Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola estima que 1.200 millones de personas podrían padecer hambre crónica de aquí a 2025.
Ante esta espeluznante situación, Naciones Unidas, a través de su Programa Mundial de Alimentos, ha pedido a la comunidad internacional 2.500 millones de dólares de forma urgente –el coste de cuatro días de guerra en Irak– para alimentar a 73 millones de personas y frenar la crisis alimenticia mundial. También ha pedido derribar las barreras a la exportación que hay sobre grandes productores de arroz, como China y Vietnam.
Pero el problema es antiguo. Reconociendo la situación, en el año 2000 la comunidad internacional se marcó como primer Objetivo de Desarrollo del Milenio la erradicación de la pobreza y el hambre en el mundo. Desde entonces el número de personas hambrientas no ha dejado de crecer. En la actualidad, 1.000 millones de personas sufren hambre –el 70% en África– y otros 2.000 millones tienen carencias nutricionales severas en un planeta que a diario produce suficiente comida como para alimentar 12.000 millones de personas, casi el doble de la población mundial. Comida hay, pero a precio de petróleo.
¿Pero por qué aumentan los precios? Principalmente, por cuatro razones.
Primero, porque la mejora del nivel de vida en países como China, la India o Brasil ha variado los hábitos alimentarios. Aparecen nuevas clases medias. Se consume más veces a la semana carne de pollo y de cerdo, luego hay que criar más ganado que se nutre a base de soja y de maíz. Como la población mundial va a seguir creciendo y el poder adquisitivo de muchas personas seguirá subiendo, se producirá un cambio estructural.
Segundo, porque el estallido de los precios del petróleo –por encima de 130 dólares el barril–, encarece el coste de los transportes, en particular el del traslado de los artículos del agro y por consiguiente el valor de los alimentos. El 65% del encarecimiento de los precios alimentarios se deben a los transportes transoceánicos.
Tercero, porque parte de la producción alimentaria (caña de azúcar, colza, girasol, trigo, remolacha) se destina ahora a la producción de biocombustibles. Las tierras y los cultivos que se dedican a esta actividad ya no dan alimentos. Y esto se va a agravar. La Unión Europea ha decidido que un 10% de los hidrocarburos consumidos de aquí a 2020 deben ser agrocarburantes. Y el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, pide que sea un 15%, de aquí a 2017. Países con déficit alimentario como Senegal o Indonesia han decidido producirlos en vez de vegetales comestibles. El Fondo Monetario Internacional (FMI) –responsable en parte de esta situación–, afirma que entre un 20% y un 50% de las cosechas mundiales de maíz y de colza ya están siendo desviadas para poder elaborar carburantes.
La relación entre la subida del precio de los alimentos y la especulación con los biocombustibles ha sido reconocida por el relator de la ONU para el Derecho a la Alimentación, el suizo Jean Ziegler, que propone una moratoria de cinco años en su producción. Ziegler critica que la UE se fije un objetivo de producción de bietanol que no podrá cumplir, con lo que acabará importando materia prima de África, y a Estados Unidos por dedicar un tercio de la producción de maíz a biocarburantes. “El mercado de los biocombustibles está causando un crimen contra buena parte de la humanidad”, ha llegado a afirmar.
Para cualquiera que lo quiera ver, la producción insensata de biocarburantes está menos relacionada con el cambio climático que con los precios del petróleo y los intereses creados de las políticas agrarias de los países desarrollados. También se constata la profunda responsabilidad del FMI y el Banco Mundial en el escenario especulativo que multiplica el incremento de los precios
Cuarto, por efecto de la especulación financiera en los mercados. Huyendo de la crisis de las subprimes, los fondos de inversiones apuestan ahora por los alimentos: soja, trigo, arroz, maíz. Son valores refugio. Los fondos compran porque aprecian una situación potencial de escasez –aumento desorbitado en el consumo mundial– y almacenan apostando por el alza. Como los acaparadores de siempre, no dudan en enriquecerse con las hambrunas que ellos contribuyen a crear. Se estima que la especulación está causando un 10% de las subidas de los alimentos.
Habrá que aceptar que el hambre en el siglo XXI no es consecuencia de la falta de alimentos ni el resultado de un cataclismo divino, sino consecuencia de haber tomado muchas decisiones equivocadas a lo largo de muchos años. Sucede además que la economía global produce a escala mundial sin atender las realidades nacionales, sin considerar que el coste de los alimentos básicos es inaccesible para los más pobres. Habrá que aceptar también la influencia de otros factores como los conflictos armados, la corrupción, las reglas del comercio internacional, el pago de la deuda externa o la falta de acceso a los recursos productivos. Las causas pues son muchas, pero la consecuencia sólo es una: pobreza y hambre. Se trata de un “hambre silencioso”: se pasa de comer de tres a dos veces al día, y después, de dos se pasa a comer una sola vez, y...
Algunas decisiones irracionales responden a la aplicación de los principios neoliberales en el sector agrario. Mientras que Europa y Estados Unidos han protegido a sus agricultores, las economías emergentes y los países pobres han seguido los dictados neoliberales y eliminado la intervención pública en el sector agrario. Ahora producen para la economía mundial –no para la economía nacional–, lo que deciden las multinacionales. El plan de liberación de los mercados agrarios mundiales, ejecutado por el FMI y el Banco Mundial durante los últimos 30 años, ha provocado una avalancha de productos agrícolas subsidiados procedentes de los países ricos, que han desplomado la producción local de los países más vulnerables, dejándolos en manos del mercado exterior. La desaparición de la agricultura local los hace depender de las importaciones. Países antes autosuficientes, ahora no lo son; muchos no tienen divisas para comprar en los mercados internacionales, otros tienen que exportar los alimentos que producen para compensar su deuda exterior. En los últimos cinco años las importaciones de alimentos han aumentado un 20% en Europa; en EE.UU las de fruta y hortalizas se han duplicado.
Otra forma obscena de competencia desleal es la de utilizar los programas internacionales de ayuda alimentaría para dar salida a los excedentes agrícolas que no se han podido colocar, hundiendo los mercados internacionales y debilitando la capacidad de producción de los países pobres.
Si lo urgente en estos momentos es garantizar el suministro de alimentos a las poblaciones pobres del planeta, lo importante es reflexionar sobre los errores y tomar medidas para que esta situación no se repita en el futuro.
Si se quiere ayudar a los países pobres y a los emergentes a potenciar sus economías y garantizarles una alimentación suficiente, habrá que hacerlo a partir de su producción local y nacional, respetando su diversidad cultural y sus mercados locales basados en las explotaciones familiares y comunitarias. Esto se traduce en la construcción de relaciones comerciales justas a nivel internacional, en garantizar unos precios justos, en el respeto de las condiciones laborales de los productores locales y, principalmente, en asegurar el acceso a los recursos productivos –agua, semillas, cultivos–. Parece mucho, pero no tanto si hay voluntad política.
Pero hay algo más. Una lección que se puede sacar de esta crisis estructural –no puntual– y global, es que el mercado no ha sabido reaccionar ante la actual crisis alimentaria, y que nos hemos olvidado que es el Estado y no el mercado, el responsable del bienestar de los ciudadanos. También se constata que muy pocos actores –las multinacionales– controlan el mercado mundial, por lo que se hace necesario una mayor regulación. Y parece claro que hay que empezar a dudar de las recetas de las instituciones financieras internacionales. Muchas organizaciones sociales y ciudadanas defienden ya que es necesario cambiar el modelo actual de gobierno económico –productivista y desigual–, y que hay que regular el superpoder del sector financiero. “La banca tiene la culpa de la crisis”, ha dicho Warren Buffet, el hombre más rico del mundo. Pero quizá lo peor está aún por llegar.
Ante la situación actual, la próxima cumbre de la Organización para la Agricultura y la Alimentación de la ONU (FAO), que se celebra en Roma esta primera semana de junio, ha ganado una inusitada importancia, poniendo a la agricultura en el primer plano de la actualidad internacional. Aunque no cabe esperar muchas soluciones, la oportunidad de ver reunidos a jefes de estado y presidentes de gobierno y a las principales instituciones internacionales, brinda una ocasión única para concitar un compromiso político para la puesta en marcha de un plan mundial para la recuperación de la agricultura local, cuyo declive es la primera causa de la pobreza y el hambre mundial. En cualquier caso, se tendrá que reconocer el derecho de todo pueblo a tener garantizada su soberanía alimenticia; es decir, la alimentación como un derecho fundamental, universal e inalienable.
Nosotros, los consumidores ricos, mientras tanto, podemos ayudar a consumir menos energía y a mejorar la eficiencia energética, a crecer de otro modo y a moderar el consumo, a comprar productos locales y de temporada, tal y como hacían nuestros abuelos. Estamos acostumbrados a comer tomates, guisantes y fresas durante todo el año, cuando no sólo no es sostenible, sino que los grandes gigantes alimentarios mundiales satisfacen esa demanda fomentando la producción en los países pobres, con el consiguiente perjuicio para su producción local.
El caso es que tenemos que vivir peor para que otros vivan mejor. ¿Estamos dispuestos? –creo que no, somos una sociedad moralmente enferma–.
Dibujos: Oscar Jacobsson (1889-1945)