Por: Javier Bussons Gordo

“En el principio había un vacío informe llamado caos. De esta oscuridad emergió Nyx, el pájaro negro, diosa de la noche, que puso un huevo dorado del que nació Eros, dios del amor. La cáscara del huevo se rompió en dos: una parte se elevó, convirtiéndose en el cielo, al que Eros llamó Urano; la otra formó la Tierra, llamada Gaia.”
Mito griego de la creación.

La Estación Espacial Internacional sobre las islas jónicas, representando dos hitos en la concepción de la Tierra: la primera ciencia griega y la conquista espacial. [NASA]


Sería inexcusable que este año, en una columna titulada “Los cielos y la tierra”, nos quedáramos sólo en devaneos celestes y no se hablara de la Tierra, nuestro hogar en el universo. Celebramos, pues, su maravillosa existencia deteniéndonos a pensar cómo el momento y el lugar precisos en los que se formó han determinado su evolución hasta el presente, así como su futuro, sin olvidar que a este devenir natural se superpone, cada vez más, el impacto producido por uno de sus más ilustres pero voraces moradores: el hombre.

La concepción que de la Tierra y su creación ha tenido el hombre ha ido pasando lentamente de la mitología a la ciencia. En todas las cosmogonías antiguas se aprecian elementos comunes: la Tierra como centro del universo, el caos que precede al acto de creación, el agua como elemento básico, la escisión de un todo en dos partes... y también la división social. La visión oscurantista del mundo sufre una primera gran sacudida a partir del siglo VII antes de nuestra era en las islas jónicas, donde una serie de mentes preclaras se rebelan contra el pensamiento único y proponen un nuevo juego: el contraste libre y público de hipótesis mediante la observación y el razonamiento. Con Tales de Mileto, Euclides, Aristarco de Samos, Eratóstenes de Cirene, Hiparco de Nicea, Ptolomeo de Alejandría se siembra la simiente de la ciencia, aunque la mayor parte de las semillas tengan que hibernar largos siglos medievales antes de poder germinar.

La Tierra se formó relativamente tarde en el tiempo, pues primero hubo que esperar a que el universo se enfriara lo suficiente para formar núcleos y átomos estables, de hidrógeno y helio en su mayoría, luego a que la tenue materia primordial se organizara en grandes jerarquías llamadas supercúmulos y cúmulos de galaxias y finalmente a que, en un rincón de nuestra galaxia, una nube de gas y polvo se contrajera hasta encender un sol en su centro. Total: nueve mil millones de años de espera. Dado que nuestro Sol no es una estrella de primera generación, la Tierra y el resto del sistema solar –esa familia de ocho planetas y miles de cuerpos menores nacidos todos de la misma camada– se han formado a partir de un material ya enriquecido por la vida y muerte de estrellas precedentes. Del material más cercano al proto-sol en formación, el más caliente, surgieron cuatro planetas rocosos que no pudieron retener sus envolturas gaseosas, formadas por átomos demasiado rápidos. La Tierra es uno de ellos y su atmósfera actual no proviene, por tanto, de esta primera etapa. En una fase posterior, de enfriamiento, sus materiales se fueron decantando hasta formar la estructura de núcleo, manto y corteza que rige sus actuales procesos de tectónica de placas, vulcanismo y orogénesis. También sufrió una gran cantidad de impactos de cometas y asteroides que le surtieron de agua y gases. Fueron éstos, junto a otros elementos volátiles liberados desde su interior y al oxígeno procedente de la primera actividad biológica, los que acaban formando esta atmósfera tan especial en que vivimos. Es llamativo que, siendo Venus y la Tierra casi idénticas en los demás aspectos, sus atmósferas hayan evolucionado tan diferentemente. Afortunadamente, porque mientras que en Venus el efecto invernadero resultante es muy nocivo, pasándose de 20 ºC sin él a más de 400 ºC, en la Tierra el efecto es, hasta ahora, el justo para pasar de los -20 Cº que le corresponderían de media a unos agradabilísimos 15 ºC.
De aquéllos momentos iniciales de formación de nuestro planeta heredamos también la rotación en 24 horas (el día y la noche), la traslación alrededor del sol (el año) y el ángulo entre el eje de rotación y la vertical del plano orbital (los famosos 23.5º de oblicuidad de la eclíptica) causante de las diferentes estaciones del año y de la división en zonas polares (latitud superior a 90-23.5=66.5º), templadas y tropicales (latitud inferior a 23.5º). El hecho de que el núcleo sólido de hierro y níquel de la Tierra se rodeara de una fase fluída sobre la que puede girar como una dinamo explica el campo magnético terrestre al que obedecen las brújulas y algunos sedimentos y que nos proteje de la peor parte del llamado viento solar. Magnetosfera y atmósfera forman un auténtico escudo protector de la vida en la Tierra frente a radiaciones letales (rayos ultravioleta, X, gamma, cósmicos de alta energía y tormentas solares). La lista de fenómenos terrestres con tintes astronómicos es interminable, desde los más cotidianos –la medición del tiempo, las estaciones, las mareas, el color del cielo– hasta los más exóticos –auroras boreales, el origen de los átomos que comemos y respiramos o la precesión de los equinoccios– y su impacto en nuestras vidas, incalculable.

El mismo origen de la vida y su evolución posterior están marcados por el devenir de la Tierra en el Cosmos. Los seres vivos terrestres tenemos todos un origen común. Somos polvo de estrellas capaz, gracias a la química del carbono, de reproducirse y mejorarse. Y la Tierra, Gaia, un sólo organismo con un destino también común. Desde esta perspectiva, que tan claramente debe ver el astronauta que la observa desde fuera, los conflictos entre sus moradores se tornan ridículos. Los humanos somos, como nos recuerda el calendario cósmico, tan sólo unos recién llegados. Y una bellísima forma que tiene el Universo de conocerse a sí mismo.