Me cuenta uno de sus hijos que dejó de respirar mientras hacía crucigramas en el hospital. Probablemente estaba buscando la palabra que definiera mejor su existencia. Carlos Arjona era un hombre bueno y un comunista peculiar. Un seguntino enamorado de su tierra, que sentía la política como un servicio a los demás.
Lo recuerdo de concejal, a finales de los años setenta, peleando en los plenos y comisiones por mejorar las condiciones de vida de los habitantes de Sigüenza. Haciendo oposición de forma vehemente, pero sin consignas de partido ni sectarismos. Por encima de las directrices del Partido Comunista estaba la ciudad de Sigüenza. Periodista en ciernes, siempre encontraba en sus intervenciones algún titular.
A Carlos Arjona, hijo de un militante socialista, lo que le preocupaba realmente era su ciudad. Estaba siempre al pie de la calle, atento a cualquier detalle, y conocía mejor que nadie los niveles de los depósitos del agua.
Sus cigarrillos y sus vinos en “El Sánchez” invitaban a la reflexión. Con el corazón partido por la guerra, Carlos Arjona será siempre un ejemplo de reconciliación. Comunista convencido y católico practicante, tuvo que soportar la intransigencia de algún obispo trabucaire que quiso negarle la comunión. Como si para un comunista confeso, como era Carlos, fuera pecado acercarse a comulgar.
Anécdotas aparte, tu vida Carlos siempre será un canto a la tolerancia y a la amistad. Y tu memoria seguirá presente en las viejas piedras de tu ciudad.