Por: Fernando Blanco

Me centraré en el objeto de esta columna, la música. Y lo dejaré claro desde el principio: las páginas de descargas de música están haciendo un gravísimo daño a la música como arte, más allá de la música como negocio. No es cierto que gracias a esas páginas las creaciones musicales llegan a más personas; tampoco es verdad que favorecen a los grupos o artistas menos conocidos. Y sí tienen razón quienes dicen que las grandes discográficas están dolidas porque esas webs se están cargando su negocio.

Vayamos, punto por punto. Un artista o grupo desconocidos graban sus canciones en un CD por poquísimo dinero. Qué bien, ya tienen un disco. ¡Ah!, pero, ¿cómo lo damos a conocer? Uno, nos buscamos una discográfica que nos lo distribuya. ¿Cuál, si las que apuestan por el producto novedoso y no comercial sobreviven a duras penas o ya han cerrado? Segunda opción, lo llevas a la tiendas de tu ciudad para que lo vendan. ¿A cuáles, si los grandes distribuidores son Carrefour y El Corte Inglés? El único que vende música de todos los estilos es FNAC, que al menos tiene un excelente servicio y puedes encargar por internet tus compras. Tercera variante: lo llevo a las emisoras de radio y que pinchen mi disco. Otra vez, ¿cuáles? Las radiofórmulas programan sólo por intereses monetarios. La emisora digna por el momento –y cada vez menos– es Radio 3, una gota en un mar de hondas hertzianas insufrible.

Sólo resta una salida: vender los CD en los conciertos. Para eso has de buscarte salas donde tocar, lo que nos topa con el siguiente problema: como nos hemos acostumbrado a que la música sea gratis, las salas de música en vivo han de cerrar por falta de público. Pero, ¡eureka!, tenemos internet. Ya está, colgamos nuestra música ahí. Fantástica idea si no fuera porque en internet son millones los archivos musicales y el internauta va a lo que ya conoce. Mal pinta el panorama.

Los indignados usuarios de internet entran en cólera cuando se sugiere el cierre de las páginas desde las que se descargan archivos ilegalmente. En este santo país hablamos de ‘derechos sobre la propiedad de la tierra’, ‘derechos sobre bienes inmobiliarios’, ‘derechos sobre los registros de patentes’, ‘derechos sobre los medicamentos’, ‘derecho reservado de admisión’, etc. Todo está protegido, menos el arte. Los creadores de canciones, los músicos, no tienen derecho a nada. Si les piratean, que se callen, porque si protestan es que están pisoteando la libertad de circulación de la información. Pero ningún internauta dice nada contra los operadores a los que pagamos por el ADSL. Pagamos por la línea ADSL, pero no queremos pagar por un disco. Los operadores se lucran, porque hemos de admitir que un altísimo número de líneas de ADSL están contratadas para descargarse ilegalmente películas y música. Y qué decir de la publicidad que entra en esas páginas tan visitadas.

Y decimos que pagar 15 euros por un disco es un robo.¿Cuánto pagamos por el ADSL?, ¿cuánto pagamos por una ronda de cervezas con cuatro amigos? Lo peor de todo es que la gente más joven –y créanme, que trabajo con chicos y chicas entre 12 y 18 años– no compra música porque ‘para qué, si me la bajo gratis’. Menos hipocresía: libertad de información, sí; saqueo a los creadores, no.

Propondría que se cerrara de inmediato cualquier página desde donde se descargan archivos musicales ilegalmente. Dos, que los músicos que quieran cuelguen en la red sus canciones para su libre descarga, previa autorización escrita. Y tres, que el gran portal de internet sea una tienda de verdad: te bajas una canción, pagas por ella, como quien va al bar y paga por una consumición.