Por: Julio Arjona Pernia

Carlos Arjona. 2003.

Creo que desde el día 17 de diciembre del recién pasado año 2009, este artículo me era de obligada cortesía. Ese día nos dejaba, de momento, un “trozo” de historia de nuestra ciudad de Sigüenza. Un político. Un esposo. Un trabajador nato. Un padre. Un abuelo. Un amigo. Un lector de dos periódicos diarios… Sí amigos lectores. Interrumpimos otra vez la historia de nuestra diócesis al hilo de sus pastores para hablar de alguien que ha hecho, como cristiano, también historia en ella. Sí, la vida de cada cristiano es la misma vida de la Iglesia y por tanto al hablar de Carlos Arjona, mi abuelo, creo que no dejamos por ello de hablar de historia y de la diócesis.

Estos días se ha podido leer por diversos medios su pequeña, pero densa biografía. Nació en Sigüenza un 31 de octubre de 1923. Como todo español en esa época, quedó marcado por el cruel hecho de la Guerra Civil Española (1936-1939). Este acontecimiento histórico le dejo una honda huella en sus convicciones políticas, que hasta pocos días antes de su muerte, dejaba palpar a aquellos que se acercaban a verle al hospital.

El 27 de diciembre de 1949 contraía matrimonio con su actual viuda, mi abuela, Ángela, o como la suelen llamar, Angelita. Fueron casi 60 años de matrimonio, por unos días…

En 1952 cogía las riendas de la empresa de su tío Andrés y así se hacía el titular de la todavía existente “fábrica de gaseosas”. Pero su espíritu luchador le llevó a compaginar esta tarea con la política, haciendo tal fusión que no se sabía si Carlos era un “gaseosero” o un acérrimo de la noble tarea de la política. Dada tal vocación se presentó por el Partido Comunista Español en las primeras elecciones 1979.

Dado su talante de mirar por el bien común, cooperaba en todo lo que era bueno para Sigüenza, fuese del tinte que fuese. Además a esto se sumaba que el primer alcalde democrático, por aquel entonces, era su buen amigo “Gómez-Gordo”. Esto le llevo a tener ciertas tensiones dentro de “su” partido. Hizo algún paréntesis en su actividad política, pero al acercarse su jubilación oficial (1988) –porque la oficiosa fue en el año 2008– y con Juan Carlos García Muela, volvió a saltar a la palestra política. Finalmente presentó su acta de dimisión como concejal el 30 de julio de 1993, en tiempos de Marcelino Llorente.

Pero su interés por Sigüenza le hizo entrar en las listas del PSOE seguntino, quizá porque de sus ideas, fue el único partido que aceptó ese talante de trabajar todos a una. De éste ha sido su presidente de honor y en 1999, con sus 76 años, se presentó en la candidatura.

Por último, el día 17 dejaba de respirar, la vida, la historia de Carlos se había apagado ¿y ahora? Ahora son mil los recuerdos, las anécdotas, las curiosidades, pero creo que me debo centrar en aquellas que, a vosotros amigos lectores, os seguirán diciendo algo del “Arjona”.

Un recuerdo de Carlos es el de fumador. Primero sus Celtas Cortos, luego sus Celtas Largos y por último, y con este ya le he conocido yo, sus Ducados ¿Qué sería de Carlos, de mi abuelo sin su tabaco? No sabemos hasta que punto le ha cortado la vida o se la ha prolongado, pero su afición a la nicotina fue inenarrable. Que se lo digan a su hijo que tuvo que apagarle la mascarilla, literalmente hablando, porque Carlos se había encendido un cigarro, que nadie sabe de dónde lo sacó, sin haberse retirado el suministro de oxígeno.

Otro recuerdo que a todos le sale por lo bajo es el decir Carlos, un católico de izquierdas. Mejor o peor intentó aunar ambas cosas en su vivir. Esto le costó algún “susto” de manos del Prelado Pla quien al enterarse de tal simbiosis exclamó: “¡eso es imposible!” Así terminaron aquella Romería de Barbatona a la que a mi abuelo le causó un antes y un después. Aunque con el paso del tiempo todo se enfrió y siguió mostrando su afecto a Pla y al posterior y actual Prelado, Sánchez.

Por último, la anécdota de su nieto, “el cura”. La anécdota, aunque a muchos les parezca que sí, no es tenerlo, sino lo que ambos, incluyendo a Dios en medio, vivieron. Yo me acerqué a verle, ya que llevaba 2 semanas en su cama de Pío XII. Y entre largas y más largas, accedió a que celebrásemos el sacramento de la Unción de Enfermos, la mal llamada Extrema Unción. Yo con esto me estrenaba como sacerdote impartiendo este sacramento y él se vería confortado en su trance. Al finalizar me dijo: “Julio, léeme el capitulo del Evangelio de las doncellas necias y sensatas”. Yo tomé su Biblia, que ahora desde ese día es mía porque fue su último regalo que hacía, y leí una parte de Mateo 25 y cuando terminé me dijo: “en definitiva, que no sabemos ni el día ni la hora” ¡Qué gran resumen en pocas palabras!

Él no sabía su día, ni su hora, pero él intuía que sus fuerzas menguaban. El que había gastado muchas energías por Sigüenza y cada seguntino, ya no tenía ni fuerza para impulsar su propio pulmón. Y así nos decía “¡hasta la próxima!” Porque para los que creen en la Resurrección y la Vida, hay una próxima definitiva.

Y desde aquí, quiero dar las gracias a todos los que de una forma u otra han mostrado su cercanía y su aprecio a mi abuelo y a nosotros, su familia. Él seguro que se siente orgulloso y al fin descansa en la Paz quien vivió en tensión, en la tensión de trabajar por el bien común.