Por: Flanagan

Hubo una época en la que el periodismo gozaba de mayor salud literaria. Eran tiempos en que los Díaz Cañabate, González Ruano o Julio Camba alternaban el noble oficio de escribir en la prensa con los pinitos en el mundo de la novela o el ensayo, consiguiendo de forma unánime un reconocimiento amable a su labor. Antes que ellos, Joseph Pla o Chaves Nogales fueron también figuras señeras en el mismo tema. El caso es que en estas últimas décadas, salvo honrosas excepciones como el magnífico Manu Leguneche, no parece muy florido el elenco de escritores que puedan admitir comparación con los viejos tiempos. Eso sí, intentarlo lo hacen tal vez demasiados, pero exentos de la calidad y la vida que impregnaban a su obra sus antecesores. Es por ello que se agradece de forma especial la reedición de los relatos que sobre la guerra civil compuso el sevillano Manuel Chaves Nogales en plena contienda. Nacido en 1897 en la capital andaluza, entre los años veinte y treinta alcanzó notoriedad, entre otros trabajos por sus reportajes sobre la Alemania nazi (de la que advirtió los peligros que arrastraban aquél sistema, denunciando la existencia de los campos de internamiento), recibiendo varios galardones por su labor como reportero, siendo en 1930 cuando publicó su obra más famosa, Juan Belmonte, matador de toros, sobre el célebre diestro. Republicano y demócrata convencido, al estallar la guerra civil se pone al servicio del gobierno. Hombre de profundos ideales, repudia de plano la violencia, lo que le hace rechazar las brutalidades que se cometen no ya en el bando nacional, sino también en zona republicana. Su convencimiento de encontrarse al margen de los sectarismos que imperaban por doquier, sintiéndose una rara avis en el bando por él elegido, y sumado al rechazo ideológico y personal que como demócrata y liberal sentía hacia el otro bando, al que jamás, en razón de tales convencimientos hubiera entregado su alma, abandona España para refugiarse en París, donde en 1937 escribe este grupo de relatos bajo el nombre de A sangre y fuego, héroes, bestias y mártires de España .en los que la amargura, la desazón y la falta de esperanza se ven reflejados de forma cruel. El escritor conoce perfectamente a sus compatriotas, y expresa con una lucidez increíble para aquél tiempo el agrio porvenir que se esperaba. Convencido en que la brutalidad se había instalado en el corazón de los españoles, huye y se desmarca, harto de que “La causa de la libertad entonces en España no había quien la defendiera”, gracias a que “la crueldad y la estupidez se enseñoreaba entonces de toda España”, quizás debido al “miedo de los sectarios al hombre libre e independiente.”

Es en estos parámetros donde hay que entender este magnífico conjunto de pequeñas e intensísimas historias, llenas de dolor y faltas de toda esperanza, una de las mejores obras aparecidas acerca de la guerra civil. Escritas de forma magistral, en ellas vemos la respuesta del fondo del alma humana a la tragedia que incendia el país, reflejando sin pudor alguno el lado más oscuro de los seres humanos, el triunfo de la sinrazón y la barbarie. En sus páginas aparecen cuantos elementos dieron vida a la contienda: moros, legionarios, milicianos, señoritos andaluces, falangistas, los bombardeos sobre Madrid, anarquistas, comités revolucionarios y un largo etcétera. Fustiga al bando rebelde, como no, pero no deja sin recibir su merecido a sus propios correligionarios. El prólogo, que no debe dejarse de lado, es toda una confesión ideológica y moral de alguien a quien le han robado la vida y que se halla, indefinidamente, fuera de lugar. Tal vez lo resuma todo esa terrible frase en la que hace constancia que su persona había contraído méritos suficientes “para ser fusilado por unos y otros.”