
Hiendelaencina es una localidad serrana que, en la actualidad, cuenta con poco más de 130 habitantes censados. Sin embargo, hace apenas 120 años fue el segundo municipio de la provincia con cerca de 10.000 empadronados. La razón del empuje de finales del siglo XIX hay que buscarla en el subsuelo, donde existía una gran cantidad de plata.
De hecho, el que aún se conoce como “filón rico” –espacio en el que se encontraba la mayor parte del mineral– medía más de un kilómetro de largo y en él se instalaron las principales explotaciones de la localidad. “Está comprendido entre la mina La Vascongada –donde se mantiene la última chimenea que queda– y la explotación de La Teresa” explicaba el experto en la materia y vecino de la localidad, José Salvador García, que recordaba que sobre este terreno se situaban 15 ó 16 industrias de las más representativas del lugar.
Estas declaraciones las realizó García en el marco de las primeras jornadas que, sobre minería de la plata, se organizaron en la localidad el 14 y 15 de noviembre. Durante la impartición de su conferencia –centrada en la historia de las mencionadas prospecciones y su legado en la actualidad– recordó que en todo el distrito había 426 pozos, de los que 351 estaban en Hiendelaencina, 30 en La Bodera, 17 en Congostrina, cinco en Robledo de Corpes, cuatro en Gascueña de Bornova, otros cuatro en Zarzuela de Jadraque y dos en Villares de Jadraque.

Joaquín Latova y José Salvador García durante la primera edición
Una historia que viene de lejos
La tradición de la minería en Hiendelaencina surgió el 2 de junio de 1844, cuando Pedro Esteban Górriz descubrió la riqueza escondida en el subsuelo. El actual teniente–alcalde de la localidad, José Miguel Llorente, explicaba que este ciudadano navarro, en uno de los trayectos que realizaba por la zona por motivos laborales –era recaudador de impuestos–, “se encontró una piedra que contenía mucha plata en el entorno donde se encuentran las minas de Santa Cecilia y Santa Catalina”.
Poco después del hallazgo –el 4 de agosto de ese mismo año– surgió la primera sociedad, compuesta por siete miembros entre los que se encontraba el propio Esteban Górriz. “Aguantaron cuatro o cinco meses con muchas dificultades” añadía García. Tras la disolución de esta primera corporación, surgió otra nueva en 1845. De esta forma fue prendiendo la idea de explotar el mineral de la zona, hasta alcanzar la cifra de 38 empresas que hicieron fuertes inversiones en el lugar.
El auge de la localidad se prolongó hasta poco después de la Primera Guerra Mundial, cuya finalización acaeció en 1918. En las décadas siguientes se intentó mantener determinadas explotaciones e, incluso, se depuraron algunos de los elementos existentes en las escombreras de las antiguas minas. Sin embargo, estas aventuras no tuvieron tanto éxito como las emprendidas en la segunda mitad del siglo XIX.

Un gran patrimonio industrial
Lo que si ha llegado hasta la actualidad –aunque muchas veces en estado ruinoso– ha sido el patrimonio industrial de aquella época. Uno de los ejemplos más importantes es el poblado de La Constante, impulsado por una corporación inglesa y ubicado en la ribera del río Bornova.
En este lugar llegaron a vivir más de 400 personas, todas procedentes de Reino Unido, que mantuvieron un estilo de vida completamente británico. En la estructura urbana de la localidad se diferenciaba muy bien la zona industrial –donde había, por ejemplo, una fundición y diversos almacenes– del área de viviendas. En la población llegó a existir un hospital, un casino y un teatro.
Llama la atención la calidad constructiva, así como la fortaleza y el tamaño de los materiales empleados. Gracias a esto –y a pesar de que gran parte de los edificios se encuentran caídos por su falta de uso y las inclemencias meteorológicas–, aún se puede observar una infraestructura hidráulica digna de admirar, compuesta por una presa –que se mantiene prácticamente intacta– y un canal, que atravesaba La Constante y que servía para surtir a la industria.
El poblado se puso en marcha en 1845, y sufrió varias ampliaciones hasta que en 1879 la compañía inglesa propietaria decidió venderlo. Y como curiosidad, el enclave –que ahora es propiedad particular– se encuentra ubicado en el término municipal de Gascueña de Bornova, porque en esta localidad una había menor carga impositiva por parte del Estado.
Más de 6.000 kilos de leña al mes
“Una mina de pequeño tamaño tenía bastantes gastos”. Así de claro se mostraba José Salvador García durante su alocución en las jornadas temáticas organizadas en Hiendelaencina. Este especialista aprovechó su intervención para detallar varias de las inversiones que tenía que realizar una infraestructura de estas características para poder funcionar. Por ejemplo, gastaba más de 6.000 kilos de leña al mes, 22.000 kilos de carbón mineral, 1.200 de dinamita, 120 de carburo o 6.000 litros de agua mensuales.
Además –recordaba el experto en minería– también se produjeron accidentes en las explotaciones de la localidad. “La mayoría tuvieron lugar en el exterior de los pozos”, ya que a cielo abierto se ocasionaron 46, mientras que en las galerías hubo 34. La mina La Perla tuvo el dudoso honor de acoger en 1869 la mayor catástrofe de todas.

Presentación de la propuesta de construcción de un museo.
El futuro pasa por el turismo
Las minas de Hiendelaencina han de seguir generando riqueza para el municipio y toda la comarca. Esta es la pretensión del Ayuntamiento de la localidad, que con el apoyo de empresas y administraciones públicas está impulsando un proyecto de desarrollo turístico en el que la plata será el epicentro.
Uno de los pilares de esta iniciativa se basa en la construcción de un museo centrado en este mineral, que, según el director general de Audema –empresa encargada de desarrollar la infraestructura–, Daniel Regidor, podría estar concluido a finales de 2010, siempre y cuando llegasen las subvenciones necesarias para terminar la obra. De momento, la Junta de Comunidades ha firmado un convenio con el Consistorio de la localidad por el que financia el 95% de los 300.000 euros destinados a esta idea –el resto lo proporciona el Ayuntamiento–. “Estamos esperando la licitación” recordaba el alcalde de Hiendelaencina, Mariano Escribano.
La propuesta consistirá en un edificio de dos alturas de 140 metros cuadrados cada una. En el primer piso se ubicarán despachos, una oficina de turismo y una sala de proyecciones con capacidad para 50 personas. En la planta superior se instalará una biblioteca especializada y el museo propiamente dicho, que se dividirá en cuatro espacios, cada uno con su nombre correspondiente. Así, se podrá visitar “El Mineral”, donde se enseñarán las diferentes rocas existentes en la zona; “Del mineral al lingote”, en el que se podrán conocer todos los procesos de explotación y transformación; “Los que arriesgaron su capital” y, por último, “Los que arriesgaron su vida”.
Otro de los ejes que se abordará durante los próximos meses será el diseño de unas rutas verdes, que recorrerán los puntos más interesantes del término municipal de la localidad. Para ello, se están realizando diversos estudios –en los que se analizan varios aspectos, como la vegetación, la fauna, el paisaje o la hidrología, entre otros– para averiguar cuáles serían las propuestas más interesantes. “El número y el diseño de los recorridos dependerá de todos esos enclaves interesantes” subrayaba Regidor.
Por último, está el proyecto de hacer visitable el interior de las minas. Esta posibilidad se encuentra a expensas de que Diputación apruebe un presupuesto con el fin de que un grupo de especialistas evalúen el estado de las galerías horizontales, para seguidamente continuar con las verticales, algunas de las cuales llegan a alcanzar más de 500 metros de profundidad.
Hiendelaencina también se ha incorporado a un programa en el que la mineralogía y las nuevas tecnologías se dan la mano. Se trata de una web 2.0 (www.hiendelaencina.org), en la que los usuarios podrán tanto descargarse material como subirlo a la página.