Por: Javier Davara

Luys Santa Marina

Siempre me han interesado los intelectuales y escritores socialmente comprometidos. En especial, los protagonistas de la Edad de Plata de la cultura española, durante la segunda y la tercera década del siglo pasado, en unos años apasionantes y enmarañados. Muchos de ellos se sintieron ingenua y románticamente fascinados por las tentaciones totalitarias del momento, fascismo y comunismo, prometedoras quimeras de un mundo venturoso y feliz.

Luys Santa Marina, seudónimo de Luis Gutiérrez Santa María, hombre de espíritu encendido y corazón sensible, escritor y poeta falangista, personaje curioso y fascinante, fue uno de estos hombres y mujeres luchadores por sus ideales.

Montañés, nacido en 1898, en la época primoriverista comparte tertulia y amistad con Max Aub, conocido escritor izquierdista, y José Jurado, miembro del entonces ilegal partido de Manuel Azaña, en el barcelonés café Oro del Rhin. El catorce de abril de 1931, cuando conocen la noticia de la proclamación de la República, nuestro hombre ordena gozoso a la orquesta del local que interprete el  Himno de Riego. Para sorpresa de todos, Santa Marina, en el año 1933, se enrola en las filas del recién creado partido Falange Española, llegando a ser su máxima autoridad en Cataluña. No obstante, continúa colaborando en la revista Cruz y Raya, significativo ejemplo de publicación católica comprometida, editada por su buen amigo José Bergamín.

En julio de 1936, Luys Santa María se suma la sublevación militar, por lo cual es detenido, juzgado y condenado a tres penas de muerte. Sus viejos amigos, Bergamín, Max Aub y Jurado, interceden antes las autoridades catalanas y consiguen salvarle la vida al obtener el anhelado indulto. Terminada la guerra, Santa Marina, desilusionado por el nuevo rumbo de la política falangista, se refugia en su trabajo de escritor, llegando a ser el director del diario barcelonés Solidaridad Nacional.

Luys Santa Marina, según los más diversos testimonios, visita la ciudad de Sigüenza en los primeros años republicanos, con la idea de documentarse para escribir un estudio sobre el cardenal Cisneros, regente del reino de Castilla en el siglo XVI y anteriormente vicario del cardenal Mendoza en el obispado seguntino. El escritor queda gratamente impresionado por la historia y el arte de la urbe seguntina.

Años después, en 1940, publica “Retrato de la Reina Isabel”, en cuyas páginas, recordando sus días seguntinos, compone un precioso y delicado relato de los últimos días del Doncel de Sigüenza. Santa Marina expone ante los ojos del lector a un joven que se debate “entre los dos caminos eternos: las letras, las armas, pensamiento, acción”. Había acudido a la batalla, a las guerras de Granada, con las mesnadas del duque del Infantado, una “tropa de galanes que iban de moros como a bodas”. En los campamentos pajes y donceles “jugaban de sus lanzas, día tras día, con gentil denuedo, sin parar en mientes en la delgadeza de ese hilo sutil, seda de araña, que separa los vivos y los muertos”. Martín Vázquez de Arce, con grande melancolía, pensaba en sus padres, en su tierra alcarreña, en el dolor de su madre al verlo partir, en la vida y en la muerte y en los descansos, “entre dos cabalgadas, leía su libro de trovas”.

 Santa Marina, con una prosa perfilada y pura, termina la historia: “Así, un día y otro día, e iban cayendo Loja e Íllora, Moclín y Montefrío. Y una tarde estival, en una escaramuza en el Huerto del Rey, junto a la Alcobra o Acequia Gorda, Martín Vázquez de Arce, el tranquilo ojinegro, cayó pasado de lanzas moras, resistiendo con un puñado de caballeros, hundidos los corceles hasta las cinchas en la tierra enlagunada, mientras el resto de la fuerza se desmoronaba. Ataque quien quiera, el fuerte espera. Gentil exergo de medalla; pero, como todo, tiene su reverso: valientes y vino bueno, duran poco. Se rompió, pues, una vez mas la seda de araña. Y la muerte resolvió netamente la antinomia, pensamiento, acción, del Doncel. No hay como ella, al parecer, para sacar de dudas.

Cobró en la misma hora el cuerpo su padre, quien, viejo y todo, guerreaba como un muchacho, y le llevó a su madre y a su tierra de yermos campos y luz pura. En la parca catedral de Sigüenza yace armado como un san Jorge bajo el arco con guarnición de dentellones ojivales. Se desplomó del yelmo lee, echado de codo sobre un haz de laureles, la cruz santiaguista en los pechos y las soledades en el corazón. La muerte, al perecer, no le sacó de dudas”.

Una forma pulcra y delicada de contar la vieja historia de Martín Vázquez de Arce, el singular Doncel de Sigüenza, escrita por Luys Santa Marina, un hombre comprometido con su tiempo, fallecido en Barcelona en septiembre de 1980. Un curioso escritor, hoy olvidado, del cual Dionisio Ridruejo, compañero de afanes literarios y políticos, escribió. “Este montañés obstinado, mezcla españolísima de tradicionalista y anarquista, era una paradoja. Pues la verdad, es que hablando parecía un fanático y actuando resultaba un liberal”. Sin duda, sus escritos, sus versos y cantares, merecen un digno recuerdo.