
Dunas. Foto Javier Oliva.
¿A quién no le han dicho alguna vez: ¡Cómprate un desierto y bárrelo!?
La idea es descabellada, no sólo por la extensión por la que habría que pasar la escoba, sino porque, en este caso, el Sahara esconde suficientes tesoros como para pensar en deshacerse de ellos. Imposible. Cierto es que, cuando me encaminé hacia allí, sólo pensaba en encontrar arena, toneladas de arena, un mundo semejante a una playa infinita y falta de mar. Pronto supe que estaba totalmente equivocado.
Dos días de viaje en coche desde Madrid hasta el sur de Marruecos parecen a priori un martirio que sólo un descerebrado como yo es capaz de acometer. Tengo suerte de haber encontrado a otros siete compañeros con los que compartir más de 1.600 kilómetros hasta llegar a Merzouga, la última ciudad antes de adentrarte en el desierto. Nuestra misión es llevar ropa, medicamentos y material escolar a una zona muy deprimida, a un lugar olvidado de la conciencia de los hombres y del recuerdo de Dios, de cualquier dios.
De Madrid a Tarifa el paisaje es conocido, occidental. Saltamos el Estrecho hasta Tánger en un moderno ferry que transporta nuestros coches 4x4 en sus entrañas. Entonces, como si se tratara de una película en la que hay un cambio violento de secuencia, todo a nuestro alrededor se transforma. La luz, el color, los olores son desconocidos. Las personas también han cambiado. Visten ropas que, en la actualidad, nos estamos acostumbrando a ver por algunas ciudades españolas: chilabas, pañuelos cubriendo las cabezas, algún turbante… Nuestros oídos escuchan las primeras palabras en árabe. También resuena el francés, pero sólo cuando existen problemas de comunicación. Y éstos no se hacen esperar: la ausencia de un sello en un formulario hace que nuestro cargamento de medicamentos quede retenido en la aduana. La policía nos asegura que podremos recuperarlo a la vuelta.

Amanecer en el desierto. Foto Javier Oliva.
Llegamos a dormir a Asilah, un pintoresco pueblecito de la costa marroquí, una belleza turística digna del Mediterráneo aunque se encuentre a orillas del océano Atlántico. Parada y fonda en un hotel digno. Cenamos tajín de pollo con verduras en un restaurante al aire libre. Exquisito. Conseguimos que nos sirvan cerveza. Lo hacen a escondidas porque está prohibida su comercialización. De postre compramos pastas caseras a un vendedor ambulante por algo menos de tres euros. Una delicia. La casa nos invita a té con hierbabuena y mucho azúcar. Jamás he probado nada tan dulce ni tan reconfortante.
Al día siguiente, antes de que amanezca, continuamos camino hacia el sur. Aún nos quedan 800 kilómetros hasta nuestro destino. Una niebla fría nos envuelve hasta Rabat, casi a tiro de piedra. Al menos podemos circular por autopista de peaje durante algunos kilómetros. Dejamos atrás la capital del reino alauita. Por autovía llegamos a Meknes y poco después a Arzou. Fin de la civilización tal y como la conocemos. Tengo la impresión de haber dado un salto hacia atrás en el tiempo de unos cuarenta o cincuenta años. La carretera está en buen estado pero en los arcenes se apostan vendedores de aceitunas. Nos cruzamos con padres conduciendo bicicletas con sus hijos en brazos, maltrechos ciclomotores, ¡hasta un burro…! Nos cuesta adelantar a los camiones que avanzan lentamente atestados de mercancía envuelta por una lonas que sobresale por los laterales hasta ocupar parte del carril contrario. La carretera se escurre entre las cordilleras del Atlas Medio y del Alto Atlas. Nada que envidiar a los Alpes. Paisajes de verdes praderas plagados de abetos. Vemos cedros centenarios con troncos de más de dos metros de diámetro y una treintena de alto.

Familia nómada. Foto Luis de Vicente.
Descendemos las montañas y nos encontramos de bruces con el desierto. La carretera se estrecha. A nuestro alrededor sólo hay tierra de mil colores tostados, extensiones hasta el infinito sembradas de piedras o fina arena, grandes y profundos cañones excavados por ríos escondidos entre palmerales que te hacen pensar en estampas navideñas. Pero aquello es real, está delante de nuestros ojos y lo capturamos sin cesar en nuestras cámaras fotográficas.
Llegamos a Merzuga de noche. El asfalto se termina y debemos encontrar nuestro albergue a través de innumerables pistas de tierra. No hay carretera, no hay luna, no hay luces, sólo mil estrellas y una profunda oscuridad. Es como conducir en una piscina llena de tinta. Al final descubrimos un par de farolillos en la lejanía. Nos espera la cena, buen té y una cama.
Me despierto poco antes de que amanezca. Salgo a la terraza para observar el amanecer. Un centenar de moscas campa a sus anchas sobre mi pijama. No he visto junta tal cantidad en mi vida. Muchas sobrevuelan zumbando mi cabeza y me muerden la cara y el cuello. Mover la mano sólo sirve para que cambien de sitio y vuelvan a posarse descaradas sobre mi piel. Al fin veo salir el sol detrás de las dunas. Todo se inunda de una impresionante luz naranja que resalta las tonalidades y los contrastes. Las moscas desaparecen como por arte de magia cuando entro en los soportales para volver al albergue.
Durante el desayuno conocemos a nuestro guía. Youssef es un tipo alto y delgado. Intuyo un cuerpo fuerte bajo esas ropas occidentales de camuflaje. Pura fibra. Es bereber, tiene 32 años y posee un Toyota 4x4 lleno de pegatinas de clubes aventureros de todo el mundo. Habla seis idiomas, fuma Marquise como un carretero y tiene un humor excelente. Todo un profesional.

Hombre bereber. Foto Luis de Vicente.
Nuestra primera parada es el dispensario médico de Merzouga. Hay gran revuelo cuando llegamos. La causa son cuatro pediatras suizos que han llegado para ayudar a pasar consulta a Mbarek, el enfermero local. Después de entrevistarnos con él y ver las necesidades asistenciales de la provincia, le entregamos lo poco que hemos podido pasar en la frontera para ellos: biberones y tetinas. Mbarek nos cuenta que tienen necesidad de jeringuillas de insulina y otras tantas para vacunación, de tiras reactivas para diabéticos y de algún antibiótico fácil de conseguir en España. Tomamos nota. Nuestra enfermera hará las gestiones pertinentes para hacerle llegar el material. Una asociación médica marroquí se encargará de los trámites administrativos para que no haya impedimentos burocráticos que impidan que les llegue, como esos que han hecho que nuestras medicinas se hayan quedado bloqueadas en la aduana.
Merzouga es una ciudad pequeña, algo menos de tres mil habitantes, trescientas casas construidas con tapial ―barro prensado y secado al sol― y unidas entre sí por un entramado frenético de cables eléctricos. Las dos avenidas de la ciudad están asfaltadas. El resto ni siquiera conserva horizontalidad o llanura suficiente para que un coche pueda circular. Visitamos una asociación de mujeres. Hace un año eran una docena de miembros pero algunas se han casado y marchado con sus maridos a otros lugares. Las que quedan se interesan por nuestro proyecto: les hacemos llegar telas y patrones de costura para que realicen trabajos que podamos comercializar en España. El dinero que saquemos revertirá en ellas mismas para que puedan seguir comprando telas y haciendo vestidos, bolsos, fundas para almohadones… Nosotros sólo seremos intermediarios sin comisión. Les regalamos una antigua máquina de coser en perfecto estado. Acelerará su trabajo y lo dotará de mayor calidad. Sonríen. Tomamos té con hierbabuena y firmamos un acuerdo de colaboración.
Nos adentramos en un territorio de dunas, una lengua de desierto de poco más de veinticinco kilómetros de largo que muere a las puertas de Argelia. Quitamos presión a los neumáticos para que los coches puedan circular con garantías sobre la arena anaranjada. Youssef es un experto conductor. Saltamos de una cresta a otra como en un parque de atracciones. Cuando subes por una duna no sabes lo que vas a encontrarte al otro lado. Temo un accidente. El desnivel puede ser de una decena de metros. Nos detenemos sobre una duna imponente, majestuosa. El atardecer es espectacular. El sol parece que no quiere irse a dormir hasta que el desierto lo captura y lo engulle dejando tras de sí un rastro de claridad que transforma todo en un cuadro impresionista de mil colores, luces y sombras.

Palmeras. Foto Belén Pérez-Montero.
Los días siguientes los empleamos en conocer a los nómadas bereberes, familias enteras que habitan un desierto infernal de tierra y piedras sin otras almas que les hagan compañía en decenas de kilómetros a la redonda. No encontramos hombres. Han ido a trabajar a las minas de baritina. Sólo hay ancianos, mujeres y niños. Solitarios, felices, hospitalarios, muy hospitalarios. Nos ofrecen té y pan hecho por ellos mismos en un horno construido con barro sobre el suelo. Viven protegidos del sol del día o del frío de la noche por una jaima donde además guardan las pocas pertenencias que poseen, sobre todo agua y trigo que compran en los mercados. El interior es cómodo y acogedor gracias a las alfombras de lana que ellos mismo tejen. Un rebaño de cabras devora los pocos arbustos que crecen a su alrededor, los suficientes para que subsistan sin grandes peregrinajes. Transita a sus anchas durante el día y un niño lo recoge al caer la noche. El pequeño puede llegar a caminar grandes distancias hasta traerlo de vuelta al campamento. Me pregunto si no tienen miedo de que se lo roben cuando está desasistido pero, ¿quién va a ir hasta el fin del mundo para hacerlo?
Las mujeres tapan sus rostros sin demasiado celo. Sus ojos expresan un sin fin de sensaciones que un occidental no puede descifrar porque estamos acostumbrados a leer toda la cara. El poder que imponen esas miradas te transmite paz y te desarma ante ellos y ante el desierto. Sumiso, te dejas guiar como si cada mujer fuera tu propia madre. Sonríen, hablan entre ellas y te dan lo poco que tienen, porque quien nada tiene todo lo da. Esa noche la pasaremos en el desierto. Youssef y las mujeres nos preparan la cena a base de verduras y carne cocidas que por la mañana hemos comprado en el mercado de la ciudad de Rissani, un verdadero laberinto de puestos y comerciantes en el que también puedes adquirir frutas, especias, coloridas telas y muebles hechos a mano, donde puedes cortarte el pelo o contratar un herrero, comprar herramientas de labranza o afilarlas, hacerte con vasijas de barro o comprar un burro, porque hay una explanada con más de mil. En el mercado de caravanas de Rissani hay de todo excepto pescado.
La noche cae sobre nuestra jaima situada en medio de la nada, a setenta kilómetros de ninguna parte. Hemos llevado un pequeño grupo electrógeno que desconectamos nada más cenar. A los nómadas bereberes les ha impresionado tener luz eléctrica por la noche. Quizá el año que viene les llevemos un pequeño equipo de energía solar. Pero ahora la oscuridad es absoluta, sólo rota por un manto de estrellas que contemplamos como si nos fuera desconocido. No somos conscientes de que es la primera vez que podemos ver tantas estrellas en un lugar donde la contaminación lumínica es inexistente. Descubro constelaciones que en España están fijadas sobre un fondo negro pero que aquí están acompañadas de un centenar de astros más pequeños, invisibles desde nuestra civilización. Todos quedamos absortos y nos cuesta conciliar el sueño ante tal espectáculo de tenue luz y absoluto silencio, sí, porque en el desierto no se escucha nada, porque no hay insectos, no hay aves, ni siquiera esa noche hay una leve brisa que reverbere en los oídos. Crees que te has quedado sordo pero lo que escuchas es puro silencio, algo que no se puede oír en ningún otro lado pero que te hace sentir mucho más de lo que has sentido jamás.
A la mañana siguiente visitamos el pozo que estamos construyendo desde hace meses para abastecer de agua a seis familias nómadas. Así sólo tendrán que caminar media jornada para conseguir agua. Llevamos escavados 16 metros. Sólo nos faltan 4. Es un trabajo duro y peligroso que realizan tres jóvenes contratados por Youssef. Él mismo se ocupa de seguir las obras.
De vuelta al albergue atravesamos una zona donde discurre un río que se ha desbordado por las lluvias caídas hace quince días. La tierra seca no puede absorber tanta agua. Nos metemos en una trampa de barro. Una arcilla pegajosa y pesada atrapa nuestros coches y los inmoviliza. El desierto nos retiene sin remedio, nos advierte que es más fuerte que nosotros. Pedimos ayuda por teléfono. Tarda todo el día en llegar. Entonces somos conscientes de nuestra soledad, la misma que soportan los nómadas bereberes, pero ellos son parte del entorno. A nosotros sólo nos preocupa tener agua para beber y deshacernos del barro que nos captura con crueldad. Después de ocho horas aislados, solos, ciegos y sordos, somos liberados cuando el sol se prepara para esconderse. Hemos sufrido el ataque de mil millones de mosquitos, tantos que no podemos hablar porque abrir la boca significa tragarte una docena. Ni siquiera en la selva ecuatorial he visto tantos. El turbante que cubre mi cabeza y mi rostro me ayuda a soportarlos. Nos han sembrado el cuerpo de picotazos pero por fin estamos a salvo.
Notamos el cansancio cuando ponemos los morros de nuestros 4x4 rumbo a España. Han sido diez días recorriendo dos mil kilómetros por pistas de tierra a través de la franja norte del Sahara, visitando familias aisladas que pasan un día tras otro sin ver a nadie que no sean ellos mismos, sus cabras, sus gallinas, su perro pastor o el gato que les libra de algún roedor que les roba el trigo. Mi mente es una centrifugadora de sensaciones y sentimientos, de imágenes y sonidos, pero me quedo con el poder de los ojos de aquella mujer que hizo pan delante de mí con sus manos encallecidas y fuertes, la misma que me transmitió algo que aún no he logrado descifrar. Quizá tenga que volver allí una y mil veces para tratar de saber qué hay detrás de esa mirada.

Mujer bereber. Foto Belén Pérez-Montero.
* Más información y contacto: Rumbo al Desarrollo (Sin fronteras)