Por: Javier del Castillo

El autor presenta al homenajeado

El día 15 de diciembre, unos días antes del pesaje en la romana de la Plaza Mayor de Peñalver y de la posterior entrega del galardón “Su Peso en Miel”, el seleccionador español de fútbol cambiaba lotería con clientes y camareros del Restaurante Marbella, en la calle Príncipe de Vergara de Madrid. Vicente del Bosque, al que descubrí hace muchos años en la Ciudad Deportiva del Real Madrid entrenando en campos de tierra a chavales de la cantera como Guti y Raúl, se tomó una caña, mientras esperábamos al alcalde de Peñalver, José Angel Parra.

Madrid, sobre todo en los días previos a la Navidad, es casi una invitación a la impuntualidad. José Ángel, que llegó acompañado del “atlético” Gabino, concejal de Azuqueca de Henares, además de amigo y diputado provincial, pidió disculpas por el retraso. Estaba perdonado de antemano. “Si no conoces bien Madrid, con las obras y con el tráfico de estos días, lo normal es que llegues a todos los sitios tarde. Nos pasa a los que vivimos aquí”, le tranquilizó el buenazo de Vicente del Bosque.

Tras el intercambio de saludos – que no de banderines -, y después de una breve explicación del alcalde y diputado alcarreño sobre la historia y la filosofía del premio, charlamos de casi todo. “¿Y yo, entonces, qué tengo que hacer?”, fue la pregunta inevitable de Vicente del Bosque. A continuación hablamos de amigos comunes, de sus recuerdos de vendedores de miel en su infancia salmantina, de la vida en Guadalajara, de campos de fútbol embarrados, de historias humanas y, como no podía ser de otra manera, de su hijo Álvaro, con síndrome de Down, que no desiste en el empeño de ver de nuevo a su admirado Raúl en la selección. “Alvaro es un fenómeno - comentaba Vicente -, conoce a muchos jugadores y todos le queremos una barbaridad”.

El premio “Su Peso en Miel” del año 2009 se lo ha adjudicado, con todo merecimiento, una excelente persona y un magnífico entrenador. Los 112 kilos que marcó en la romana el seleccionador nacional el sábado 19 de diciembre pueden poner en peligro la producción de miel de la temporada, pero dejan a los hombres y mujeres de Peñalver un buen sabor de boca. Y la satisfacción de saber que este verano, en el Mundial de Sudáfrica, se hablará mucho y bien de la miel de la Alcarria. Este pueblo entrañable, con descendientes de meleros que viven en Barcelona o San Sebastián, pero que jamás pierden de vista sus raíces, respetando con auténtica devoción la memoria de sus antepasados, se merece embajadores como Vicente del Bosque.

El momento de la ceremonia.

En este salmantino bigotudo y campechano conviven algunos de los valores más importantes del alma castellana. Lo recordé aquella mañana fría de diciembre, delante del galardonado, y teniendo por testigos a representantes de los apicultores guadalajareños, autoridades y varios centenares de personas congregadas en la Plaza Mayor de Peñalver. Vicente del Bosque, con la modestia que le caracteriza aceptó los halagos y dejó claro su deseo de no contradecir a quienes lo calificamos de “buena persona”, aunque le parecía que podíamos estar equivocados. “Lo que sí les digo – aseguró el seleccionador – es que procuro ser siempre un ejemplo para los jugadores y para los aficionados. Una persona recta y respetuosa, que es lo que aprendí de mis padres y posteriormente en el Real Madrid”.

La personalidad de Vicente del Bosque traspasó – como el frío de este invierno sorprendente – las almas de la buena gente de Peñalver. Su indudable bonhomía, su paciencia y hasta su sentido del humor estuvo presente en el salón de plenos del Ayuntamiento, mientras firmaba camisetas, bufandas, balones, fotos, folletos y todo tipo de objetos. Como estuvo presente luego en la Plaza, mientras los encargados de pesarlo en la romana intentaban levantarlo del suelo, y como estuvo presente en el posterior recorrido por el Museo de la Miel, que siguió como si estuviera decidido a comprar colmenas el día que abandone los banquillos.

Dejando a un lado su más reciente palmarés – 22 partidos ganados con “La Roja” de los 23 encuentros disputados -, y dejando al margen su faceta profesional, Vicente del Bosque representa para mí la imagen más exportable del carácter castellano. La austeridad y el cumplimiento del deber forman parte de sus genes. El niño grandote y desgarbado que quiso ser futbolista en Salamanca no ha olvidado los viajes a Valladolid para poder ver partidos de Primera División. Tampoco ha olvidado la disciplina de los entrenamientos o las tardes de estudio en la residencia, durante sus primeros años de juvenil en el Real Madrid. Ni su etapa de cedido en el Córdoba - donde coincidió con Manuel Sanchís, padre, que quemaba sus últimos cartuchos antes de la retirada – o en el Castellón, pasos previos para la consagración en el primer equipo del Real Madrid.

Vicente del Bosque encajó con indudable señorío la destitución como entrenador del Real Madrid, después haber ganado con el equipo blanco dos Copas de Europa, dos Ligas, una Supercopa y la Copa Intercontinental. No era el premio que se merecían sus 36 años en el Real Madrid, como jugador y como entrenador, pero lo encajó con resignación, naturalidad y elegancia, sin dejar traslucir su indudable contrariedad y tristeza.

Conozco bien a Vicente del Bosque, como conozco bien Peñalver y la honestidad de su alcalde José Ángel Parra, y les aseguro que el premio “Su Peso en Miel” honra tanto al seleccionador como a quienes tuvieron el acierto de elegirlo. Esta vigésimo tercera edición será recordada siempre, por la personalidad del galardonado, por los desvelos de José Ángel y por el sueño no tan lejano de saber que el premiado del 2009 puede ser el primer seleccionador español que consiga un Mundial de Fútbol para España.