Por: Julio Álvarez Jiménez

´“Y levantando los ojos divisaron una caravana de ismaelitas que venían de Galaad, con camellos cargados de almáciga, sandáraca y ládano, que iban bajando hacia Egipto.” (Génesis 37:25; Biblia de Jerusalén).

 

El araar jordano (Juniperus phoenicea) en las montañas desérticas de Petra.

Un día un pastor te habla de la miera del enebro en una ladera empinada, de roca y aromáticas sabinas, del Villar de Cobeta. Otro día el santero de Montesinos te vuelve a relatar sobre esa sustancia que se obtiene de la madera resinosa por destilación en seco –calentamiento sin llegar a la combustión–, que se utilizó para curar “la roña” –la sarna– de las cabras. La miera fue un producto importante en las economías pecuarias de todo el Mediterráneo. En la Península Ibérica, se extraía del Juniperus oxycedrus –el “enebro de la miera”– calentando astillas y ramas en un recipiente dentro de un horno de piedra. Pero la miera, y con ella las resinas aromáticas que se obtienen de las plantas, nos transportan irremediablemente a otros lugares y a otros pasados.

Un taxista que nos lleva por las colinas jordanas, alrededor de Petra, señala las laderas y habla del araar. O, mejor dicho, del ar'ar –pero, para un latino, es imposible emitir aquella glotal de las lenguas árabes; en el taxi reímos–. Conozco la palabra: en el Norte de África es el nombre del Tetraclinis articulata, la “sabina mora” o “de Berbería”. Sin embargo, en la meseta transjordana no hay Tetraclinis. Allí el ar'ar es otra “sabina mora” distinta: el Juniperus phoenicea, de apropiado nombre específico, que, no obstante, viene por las dos orillas del Mediterráneo hasta aquí mismo, nuestra Península. Aparentemente, nos hemos ido algo lejos: hasta las tierras bíblicas de Edom y de Ismael.

Enebro de la miera (Juniperus oxycedrus), en el Alto Tajo.

La Biblia, precisamente, abunda en citas acerca de materias resinosas y aromáticas. Almáciga, sandáraca y ládano son palabras cargadas de sonoridad y significados remotos. La sandáraca está muy relacionada con nuestra miera: es la resina cruda –sin destilar– de esos mismos enebros y afines. Se obtiene, por ejemplo, del ar'ar norteafricano, Tetraclinis articulata, por resinado de los troncos vivos. En el Oriente bíblico, se pudo extraer también de los Juniperus, siendo la especie J. phoenicea la más abundante en los semidesiertos rocosos al Este del Jordán. Así, comprendemos que nuestro taxista jordano no emparentaba por azar plantas y usos –superficialmente– lejanos.

Estas resinas silvestres se dispensaban en forma sólida –fragmentos o “lágrimas”–, y eran parte de una intensa actividad comercial en el mundo antiguo, donde las caravanas unían ciudades y regiones a través de los eternos desiertos. Su utilidad principal era constituir parte de inciensos y sahumerios con los que se aromatizaban los ambientes, fueran estos domésticos o sagrados, pero tenían otros empleos prácticos, por ejemplo a modo de pez, para impermeabilizar recipientes.

El ládano de la Biblia, –el labdanum de los romanos–, es una resina que se extrae de las jaras (Cistus ladanifer en nuestra Península, C. creticus en el Mediterráneo oriental). El método es, de nuevo, la destilación –seca o húmeda–, pero el pastor de estas y otras tierras, siempre hábil en su terreno, supo conseguirlo de otro modo: haciendo pasar las ovejas a través del jaral cuando está recalentado por el sol, momento en el que las resinas afloran en hojas y tallos, para después recoger la “cosecha” en la lana de los animales. Este método se supone muy antiguo y extendido: las alargadas barbas postizas de los faraones egipcios pudieron moldearse con lana o pelo impregnados de este ládano de las jaras.

Jara pringosa. (Cistus ladanifer), fuente del ládano, en la Alcarria.

La almáciga es una resina escasa y de gran calidad, especialmente la de “lágrima”, que se obtiene por exudación natural del árbol. Se extrae de varias especies de alfóncigo (Pistacia, especialmente P. lentiscus, el lentisco), otro grupo de árboles y arbustos que une, orilla contra orilla, todos los pueblos del Mediterráneo. La almáciga –o resina de Quío– se ha usado y se usa para fabricar barnices de gran calidad, por ejemplo por los pintores, para proteger la superficie de sus obras.
Otras resinas tienen un origen más exótico. De ellas, la más significativa quizá sea el olíbano, es decir, el incienso puro –o franquincienso–, que se extrae de un árbol (Boswellia sacra) nativo de los antiguos reinos de Axum y Saba, territorio mítico, hoy tan vapuleado, a ambos lados del Mar Rojo –en los actuales Yemen, Etiopía, Somalia, Eritrea–. De la importancia del olíbano en el mundo antiguo habla su cita, más de cien veces, en la Biblia, donde se prescribe su uso exclusivo para fines sagrados, concediéndole una posición central en los ritos; sin olvidar la ofrenda de los Magos de Oriente.

Lentisco. (Pistacea lentiscus), fuente de la almáciga, cerca de Nicea (Turquía).

Y con los Magos, hemos de citar la mirra. Obtenida, en los mismos países legendarios que el olíbano, –del árbol Commiphora myrrha–, fue otra de las resinas aromáticas apreciadas por los antiguos. Podríamos seguir con el copal y el gálbano aromático, o con el sándalo y el bálsamo de la Meca, o con el misterioso “kanabos” (el keneh bosem de los hebreos), que entra a formar parte del aceite de la unción santa, reservado expresamente por Yaveh a los ritos del Templo de Jerusalén.

Hablamos de sustancias que fueron muy importantes en el mundo antiguo, a las que se les concedió un significado especial, llegando a lo sagrado. Pero también hablamos de usos comunes, más sencillos y prácticos, que representan antiguos lazos que unen pueblos, en el espacio y, también, en el tiempo.