Por: Javier Davara

La calle Cardenal Mendoza hace un siglo.

El día uno de enero de 1912 tiene lugar, en las Casas Consistoriales de Sigüenza, la toma de posesión de los nuevos concejales elegidos en el mes de noviembre anterior. Igualmente, se nombra Alcalde de la ciudad a Luciano Toro Somolinos en virtud de la correspondiente Real Orden del rey Alfonso XIII. El flamante Ayuntamiento acuerda celebrar los plenos municipales los domingos a las diez de la mañana.

Meses después, en el mes de abril del mismo año, el Alcalde, acompañado del secretario José María Sanz, recibe en la estación del ferrocarril a Francisco de Asís Pastor, corresponsal del periódico madrileño El Liberal, diario matutino de carácter democrático y templado republicanismo. El joven periodista desea escribir una crónica sobre Sigüenza con especial atención al carácter comercial y de lugar para el descanso veraniego de la ciudad. El Ayuntamiento, sumamente agradecido, acompaña a Pastor en su visita, le invita a una comida de amistad en el pinar, además de abonar los gastos del viaje.

Los frutos de estos obsequios no se hicieron esperar. El veintitrés de mayo del mismo año, Asís Pastor publica en las páginas del diario un reportaje, ilustrado con varias fotografías, titulado Sigüenza: Colonia Veraniega y Comercial, excelente retrato escrito sobre las gentes y las costumbres de los seguntinos de cien años atrás. Sigamos sus palabras: “Sigüenza es una población verdaderamente encantadora, tanto por su magnífica situación topográfica, cuanto por su envidiable clima y la hermosa ribera que circunda la población. Como estación veraniega puede competir y superar a muchas poblaciones del norte. A sus aires puros, como consecuencia de su alta posición, sucede una temperatura agradable”. La ciudad cuenta con “frondosos jardines y amenos paseos, como la Alameda, punto de reunión de la colonia veraniega, numerosos montes plagados de caza, un delicioso pinar que se desliza por una pintoresca montaña y la fácil comunicación que representa el trasiego de diez trenes diarios, de ida y vuelta, a Madrid”.

La información se centra en la existencia de dos ferias de ganado, en mayo y octubre, las estivales fiestas de San Roque, con festejos y corridas de toros, la creciente edificación de hoteles para alquilar a los veraneantes. Sin olvidar el primoroso conjunto artístico de la catedral de Sigüenza, con sus naves y capillas repletas de obras de arte, además del “palacio de los obispos, que en tiempos fue castillo feudal y en el que se elevan majestuosos torreones sobre cimientos de peñascos”.

Al pasear por la calle de Medina, al llegar al número cinco, el periodista entra en un “antiguo y acreditado café, llamado de Marcelino, el más frecuentado por el público por su exquisito y esmerado servicio. Su dueño, Javier Arroyo, abastece al casino principal de Sigüenza situado en el piso alto del mismo edificio”, además de ser propietario de un elegante kiosco en el paseo de la Alameda donde los veraneantes “pasan las veladas amenizadas por la música”. Este casino, de corta y fugaz vida, había sido fundado por unos socios disidentes del Casino de la Amistad, enclavado en el número tres de la ilustrada calle de San Roque, cuya aventura de independencia duró poco tiempo.

El cronista se refiere después a los industriales y comerciantes más importantes de la Sigüenza de aquél tiempo. “Como almacenista de frutos coloniales y peninsulares, figura en primera fila, la respetable casa de Matías de Grandes Merino, fundada hace cuarenta años e instalada en la calle del Cardenal Mendoza”, en el número diecisiete. Otro establecimiento notable, continua Pastor, es el de “Anselmo de Grandes Merino, hermano del anterior, dedicado como aquél, a almacenista de coloniales, exclusivamente al por mayor, instalado en la calle del Conde de Romanones, con oficinas en Medina veintitrés. La especialidad de esta casa son los finísimos aceites de Andalucía, admirablemente filtrados”.

El periodista se asombra ante la figura de Francisco López de Santa Cruz, “venerable anciano de ochenta años, fundador de del establecimiento más antiguo y de mayor importancia dedicado al comercio de tejidos, paquetería y quincalla” en el año 1850 en la calle Medina siete.

Antes de terminar la jornada, habiendo visitado la industria textil de José Almazán, la fábrica de jabones de Dionisio García, teniente coronel retirado, y la pastelería de Juan Tobajas, el reportero y sus acompañantes se dirigen al recién inaugurado café de Pedro Trigo Sevil, “en el que se expenden pasteles, dulces y licores, situado en el piso bajo del popular Casino de la Unión, en la calle Medina cinco, frente a la puerta principal de la catedral, para compartir un merecido refrigerio.

La amable y corta estancia había terminado. El periodista terminaba con éxito su misión y el Alcalde estaba gozoso por haber conseguido un reportaje para la promoción de Sigüenza. Asís Pastor, antes de subir al tren que le llevaba a Madrid, concluye mordaz: “Abandonando este clima deleitoso, esta apacible tranquilidad, me despido de Sigüenza, mientras el Conde de Romanones piensa en arreglar su maleta para disfrutar de las delicias de esta temperatura, a la sombra de su árbol favorito en la Alameda que tantas cosas habrá oído en las reuniones políticas que allí se celebran”. Todos quedan contentos.